INTERVENCIÓN Y NO INTERVENCIÓN

En un interesante trabajo  -a publicarse próximamente- sobre temas específicos de la política exterior argentina, el diplomático (jubilado) del Palacio San Martín y buen amigo Guillermo Del Bosco,  refiere –entre otras cosas- que cuando  estalló (1830) el conflicto de los Países Bajos que  finalmente culminaría con la independencia de Bélgica (se separó de Holanda), el entonces representante francés  ante la Corte de Saint James -Charles Maurice Talleyrand-Périgord (1754-1838)-  ante esa circunstancia mencionó  en Londres  como posible curso de acción de su  gobierno la posibilidad de  “no intervención”. Cuando un político británico le pidió que aclare cuál era el alcance que le daba a ese término,  el inefable Talleyrand contestó: “la no intervención es una palabra metafísica que significa poco más o menos lo mismo que intervención.”  Mediante esa sentencia, el célebre tránsfuga y controvertido diplomático galo -con cínico pragmatismo- sentó  hasta nuestros días la base de las realidades políticas acerca del tema.

Más allá de principios formales  establecidos desde 1648 en Westfalia acerca de la soberanía de los estados y la no injerencia en sus asuntos internos, la historia está plagada de intervenciones de diverso tipo y de no intervenciones que –como la otra cara de una moneda- “por no hacer nada”, precipitaron factores cambiantes o simplemente mantuvieron el status quo.

Durante el pasado Siglo XX y en la actualidad, hemos atravesado diversas etapas intervencionistas, muchas de ellas ordenadas por el propio Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como “intervenciones humanitarias”, “fuerzas de paz” o fideicomisos y mandatos. Otras intervenciones han tenido –tienen- naturaleza más sutil. Es el caso de las llamadas “tareas internacionales”, en donde la tradicional soberanía estatal se diluye en aras de un bien colectivo mayor. Tal lo que acontece en casos ecológicos o ambientales de interés mundial, como también en las luchas globales contra ciertas enfermedades o males transnacionales. Ejemplos: el narcotráfico, pandemias y el crimen organizado.

A veces voluntariamente, otras a regañadientes, las naciones ceden parte de sus espacios soberanos en aras de una política intervencionista de interés común. También en el reciente pasado tuvimos intervenciones sin mandato internacional. Ha sido el  reciente caso de la invasión de Irak  en marzo de 2003 por acto unilateral estadounidense.

Por otro lado, el no intervenir, el dejar de actuar o de tomar parte, reviste una forma más sutil de intervención, sea esta no intervención de carácter voluntario o simplemente por omisión. El dejar de hacer de una de las partes, implica que algo en rumbo de la otra parte no alterará su curso, simplemente porque así se lo desea y reviste interés propio. 

No actuar hará que las cosas sigan como están, lo que puede interpretarse de diversas formas y con resultados positivos o negativos. Asimismo, puede un actor intervenir y otros no, lo que complica la ecuación en lo que hace al resultado final. El ajedrez de la política mundial es complicado, las distintas posibilidades de intervenir o de no intervenir configuran una amplia gama de movimiento de fichas. Todo depende de las opciones propias, del interés nacional, de intereses políticos, de afinidades ideológicas,  en fin, de la miopía, ceguera o visión para intervenir o no. Al final, intervención y no intervención son paradójicamente sinónimos en este dinámico juego. Talleyrand no estaba equivocado.


Publicado en fecha: 23 de septiembre de 2011
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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