ESTADO WESTFALIANO Y TAREAS INTERNACIONALES

Hoy nos alejamos  cada vez más del paradigma marcado por la Paz de Westfalia que creó el llamado “estado westfaliano”, esquema que configuró al sistema internacional moderno. Desde la firma en esa región alemana de los tratados de 1648 -que pusieron fin a una larga secuencia de guerras europeas- se impuso hasta el presente el concepto de naciones soberanas con jurisdicción propia y sin derecho a intervenir en los asuntos de otros estados. Esto no siempre se cumplió. La intervención y la no intervención son términos ambiguos, como lo explicaremos en otra oportunidad. Aún así, el orden mundial establecido  por Westfalia sirvió sus propósitos, ya que asentó los principios clásicos de soberanía y de no interferencia en asuntos de terceros países.

Aunque formalmente el estado westfaliano se mantiene hasta nuestros días, el concepto se ha ido erosionando en aras de la búsqueda de un orden internacional más coherente con los propósitos generales de la humanidad. En la actualidad diversos mecanismos supranacionales son admitidos por los países miembros de la Organización de las  Naciones Unidas (ONU) en diversos ámbitos, particularmente los relacionados con medio ambiente, ecología, salud, drogas peligrosas y esquemas de cooperación.

A ello debe agregarse el conjunto de intervenciones “humanitarias” e intervenciones militares de orden político, emanadas tanto de mandatos de la ONU como de Resoluciones expresas del Consejo de Seguridad, organismo selectivo  de 15 países -10 rotativos y cinco miembros permanentes con derecho a veto (Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China)- encargado de velar por la seguridad internacional y que revela en muchos de sus actos la política de poder subyacente bajo el manto democrático-nominal de “cada miembro un voto” de la Asamblea General.

Pero más allá de  entusiasmos, de protestas o de intervenciones discutibles o sin discusión, es un hecho que existen tareas internacionales, tareas colectivas que obligan moralmente a todas las naciones miembros y a las que  aún no forman parte de la  ONU. El Brasil, para citar el ejemplo clásico, siempre es muy sensible a temas soberanos cuando se trata de la Amazonía, asentada mayoritariamente en su extenso territorio. Desde el momento en que esa inmensa zona de ríos y selva húmeda proporciona nada menos que el 80% de la humedad de toda la corteza terrestre, cualquier problema que surja allí no es patrimonio exclusivo ni del Brasil ni del resto de los estados que configuran la región amazónica. Pasa a ser una tarea internacional.

De la misma forma, sucede con aspectos contaminantes, con la emisión de gases, el control del narcotráfico, etc. Todo el planeta está comprometido en esas labores de vigilancia o control. Hay una cesión explícita o implícita de soberanía en este campo. Igual sucede en pactos de integración o acuerdos multilaterales, donde cada estado cede también parte de sus atributos soberanos según sea el caso en cuestión.

El tema de las llamadas tareas internacionales es de suyo delicado. Requiere un inteligente balance entre soberanía nacional y acción colectiva. Se han ido creando diversos caminos para allanar situaciones, persisten suspicacias, pero el mundo es cada vez más consciente de la necesidad de tomar medidas comunes frente a problemas de naturaleza universal.
Es por eso que en la actualidad, como afirman algunos entendidos en la materia, avanzamos del estado westfaliano hacia una especie de estado intermedio, hacia un sistema internacional que aún mantiene formalmente principios de soberanía y de no intervención, pero donde la cortina divisoria con lo opuesto se hace cada vez más difusa.


Publicado en fecha: 15 de julio de 2011
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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