DEL MAGREB Y EGIPTO AL SUDÁN

El norte de África está en problemas. Ya no se trata de los recurrentes temas del Congo, de Burundi o Somalia en la zona post sahariana. El ciclo de protestas iniciado en Túnez fue luego continuado a lo largo del Magreb (Poniente) y extendido a zonas del Levante (Medio Oriente), donde resalta nítidamente la crisis en Egipto, el país árabe más poblado y más importante, verdadero centro de gravedad del mundo arábigo. Ahora le toca el turno al endémicamente conflictivo Sudán, ubicado al sur y con una amplia frontera con su vecino egipcio.

El Sudán ha generado violencia desde su independencia de Gran Bretaña (1956) y sostuvo varias guerras civiles durante el siglo pasado. En pleno Siglo XXI este desdichado país se enfrenta simultáneamente con dos serias cuestiones. En primer lugar, la probable secesión de su parte sureña -con capital en Juba- sobre la base de los acuerdos auspiciados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en enero de 2005. El reciente plebiscito ha sido abrumadoramente favorable a favor de la separación. Resta ver qué procedimientos se seguirán para instaurar un nuevo estado. Varias empresas españolas, sin ir muy lejos, ya han prometido financiar el aeropuerto de la futura sede de gobierno del Sudán del Sur.

Pero  en segundo lugar y aparte de este de por sí mayúsculo contraste geopolítico para la autoritaria e islámica dirigencia militar del norte -con base en la  todavía capital única (Khartoum o Jartum) del Sudán- desde hace varios años viene desarrollándose otro sangriento conflicto en la zona occidental, en Darfur. Allí se intentó eliminar a la población negra cometiendo  diversas atrocidades que provocaron campañas internacionales y el desplazamiento al lugar de una fuerza de paz de la ONU. 
Entre ambos conflictos,  desplazados y muertos suman centenares de miles, algunos hablan de por lo menos dos millones de víctimas.

En Darfur se provocaron roces con el vecino Chad, regionalizando  así el problema. A todo esto, Sudán también recibió flujos de refugiados provenientes de Etiopía y del propio Chad. En medio de este verdadero berenjenal, se desarrollaron múltiples programas de asistencia humanitaria, éstos no siempre acompañados por la dirigencia del norte, empeñada sistemáticamente en “arabizar” y someter al resto de la población negra netamente mayoritaria. Las estadísticas señalan que sobre los 41 millones de habitantes del Sudán los negros representan el 52% y los árabes el 39%, agregando para el 100% otras etnias y  algunos grupos cristianos. El dominio cultural que la minoría árabe pretende imponer sobre el resto de la población es la causa principal de todos los dramas surgidos.

Aquellos estados que son verdaderamente “plurinacionales” deberían respetar escrupulosamente las diversas costumbres de su espacio geográfico, pero está visto que en paralelo siempre surge una voluntad de dominación de los detentadores del poder que a la larga crea problemas casi imposibles de solucionar. Esto debe ser un toque de atención para Bolivia, donde se pretende una forzada  y peligrosa “aimarización”  que desconoce a otros mayoritarios pueblos locales –tanto autóctonos como criollos o mestizos- con identidad propia.

Capacidad energética por el lado del potencial  uso de represas y explotación de hidrocarburos. Asimismo, cromo, zinc, tungsteno y otros recursos naturales,  forman parte del apetito  transnacional que sacude al Sudán en lo interno. La división norte-sur ya es casi un hecho. Veremos qué sucede próximamente con el drama de Darfur.


Publicado en fecha: 4 de febrero de 2011
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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