A 20 AÑOS DEL COLAPSO SOVIÉTICO

En  agosto de 1991 publiqué en “La Nación” de Buenos Aires una nota titulada “El fin de la URSS”. En esos días cruciales y tras un fallido golpe militar, las cosas se precipitaron.

Ya desde principios de 1990 –con la declaración de independencia de Lituania en marzo- la poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas creada por Lenin en 1922 auguraba su colapso, previamente acelerado éste por las políticas de Gorbachov y continuadas por Yeltsin. Era una caída prevista desde el derrumbe del Muro de Berlín en noviembre de 1989, preanuncio tanto de la reunificación germana como de la inminente debacle del gigante comunista. Habiendo pronosticado Lenin la extinción del estado, resultó paradójica la desaparición del  propio aparato estatal que él creó.

En marzo de 1991 se separaron Georgia y Letonia, siguiéndoles en agosto Estonia, Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Azerbaiyán y Kyrgyzstan. Hasta el 16 de diciembre de 1991 continuaron separándose Uzbekistán, Tayikistán, Armenia, Turkmenistán y Kazajstán.

Finalmente, la Federación Rusa se proclamó sucesora de la URSS y formalizó su creación el 25 de diciembre de 1991. Surgieron así 15 países diferentes en lugar de la única otrora superpotencia. El antiguo “paraíso de los trabajadores” se desmoronó ante un mundo pasmado por la rápida sucesión de hechos. Un antecedente fundamental -y que siempre debe tenerse en cuenta- fue el alzamiento en Gdansk de los obreros polacos al mando de Lech Walesa. El movimiento “Solidaridad” -ya desde 1980, once años antes- abrió serias fisuras en la monolítica maquinaria comunista de la URSS y sus satélites.

La  “Comunidad de Estados Independientes” (CEI) gestada tras el colapso no prosperó y cada estado mantuvo su rumbo propio. Rusia ha seguido ejerciendo influencia en varias de sus ex repúblicas vasallas. Moscú considera a su entorno como algo “cercano al extranjero”, es decir, una especie de coto privado independiente en lo formal pero que depende estratégicamente de Rusia, quien se reserva el derecho de intervenir cuando así convenga a sus intereses. Este concepto geopolítico persiste. Se lo comprobó palpablemente con los operativos militares de 2008 en Georgia y el apoyo dado allí a la creación de dos naciones aún no reconocidas por la comunidad internacional, Osetia del sur y Abkhazia. Pese a las protestas externas, Rusia se mantuvo firme y tuvo “cancha libre”.

Como dijo Umberto Eco, la desaparición de todo imperio  arrastra reverberaciones por muchos años. Hasta hoy y en el futuro inmediato, eso se seguirá observando en lo que fue la antigua URSS, sobre todo frente a una Rusia renovada y fortalecida -luego de afrontar sus propias crisis- que no esconde su tradicional vocación imperial.

El capitalismo liberal y democrático enfrentó el pasado Siglo XX dos enemigos totalitarios: fascismo y comunismo. Ambos fueron derrotados, el primero por las armas y el segundo colapsó internamente. La utópica visión comunista no superó la prueba ácida de la realidad. El "materialismo dialéctico" -después de 70 años de dura práctica- no pudo satisfacer las necesidades de nuevas generaciones que no estaban dispuestas a aceptar los sacrificios del pasado. Por otro lado, las expectativas previas de los sufridos  ex soviéticos se vieron defraudadas. No hubo un mágico acceso al mundo capitalista, surgieron excesos y muchos problemas, vigentes inclusive hoy. En el pasado numerosas teorías  elaboraron la "transición del capitalismo al socialismo y al comunismo",  pero nadie lucubró nada al revés sobre el rumbo del comunismo al capitalismo. Esa búsqueda  aún sigue…


Publicado en fecha: 5 de agosto de 2011
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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