SIN INVESTIGACIÓN Y EDUCACIÓN NO HAY NADA

 “Todos los países latinoamericanos juntos representan menos del 2% de las inversiones mundiales destinadas a la investigación y el desarrollo de nuevos productos”.  Esto lo expresó  el  conocido periodista Andrés Oppenheimer en una nota del pasado 19 de octubre reproducida por varios medios de la región. El porcentaje anotado es muy bajo, verdaderamente alarmante. No en vano el camino hacia el auténtico  progreso con cambio cualitativo aún está muy lejos en el horizonte, tanto para el emergente  Brasil como para el resto de las naciones del subcontinente. Sin investigación y educación -ambos procesos debidamente planificados con sentido global de largo alcance-, será muy difícil que América Latina remonte situaciones de marginalidad y dependencia.

Los escasos institutos de investigación de América Latina se manejan con recursos precarios, casi siempre al amparo de iniciativas privadas y sin apoyo decidido de las autoridades cuando son públicos. Asimismo, casi ninguna entidad oficial -ni seguros de salud ni reparticiones varias- tiene inserto en su organigrama un departamento dedicado  “full time” a la investigación o, por lo menos, preocupado y responsable de  acumular la información abundante que emerge sobre los temas de su interés desde la red informática. Ante la falta de incentivos adecuados, muy pocos investigan y ni siquiera los otros se preocupan de meramente informarse. Por tanto, es difícil prevenir catástrofes, sequías, malas cosechas, ciclos industriales, epidemias, etc.

Y si de la región pasamos al flamante “Estado Plurinacional” de Bolivia, la cosa es más preocupante aún. Las pocas entidades investigativas existentes  aquí se las baten como pueden mediante su propio entusiasmo o a través de algunas dádivas internacionales. 

En materia de educación, el panorama es directamente tenebroso. Es muy difícil tener un futuro sin adecuadas bases educativas e incentivos para la investigación tecno-científica. Mientras mucho se habla, poco se produce, casi nada. De esa manera, estamos formando generaciones de ignorantes o deficientes a los que, además, no se les provee ninguna clase de estímulos para sobresalir aunque  muchos jóvenes o niños tengan las condiciones para ello. Agreguemos el repetitivo drama de la desnutrición infantil -de suyo en Bolivia uno de los índices más graves del país en materia de desarrollo humano- y  vemos que vamos en picada hacia la mantención de peligrosas pautas de atraso, aunque de boca para afuera  se predique lo contrario en cuanto discurso oficial se produce.

El verdadero desarrollo –cómo tantas veces se ha dicho- es un proceso integrado que no solamente tiene que ver con la economía y la sociedad  sino también con la mente humana y la conducta colectiva.  Si no se inculcan valores que favorezcan pautas educativas modernas, investigaciones exhaustivas de múltiples problemas que el país enfrenta y debe solucionar y además, mientras  no se alimente bien a la niñez para que en el futuro su mente rinda al máximo,  la pobreza seguirá reinando. Y ésta será  penosa pobreza física, a la par de la  triste pobreza mental, teniendo como resultado concluyente una lamentable  pobreza general.

Ojalá estos importantes aspectos sean objeto de preocupación por parte de quienes predican hoy “cambios profundos”, los que –como expresé en otras oportunidades- por ahora revisten naturaleza demagógica, ya que se trata de simples modificaciones de rótulos o acumulación de frases grandilocuentes pero sin  generar hasta ahora realidades concretas de que algo cambiará verazmente en el futuro inmediato, por lo menos en el vital campo conjunto de alimentación, salud, educación e investigación.


Publicado en fecha: 29 de octubre de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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