EL ETERNO RETORNO DE LA INNOVACIÓN

El gran economista austríaco Joseph Alois Schumpeter (1883-1950) es considerado como el padre de la teoría de la innovación. A través de procesos de “destrucción creativa”,  Schumpeter consideraba que se iban generando nuevos productos de diversa naturaleza mientras  a su vez otros desaparecían del mercado. De esta manera, mediante la constante innovación, era posible construir una teoría del desarrollo. El tema es complejo y da para más, pero por ahora basta con estas sencillas definiciones.

Lo fundamental es que sin emprendimientos y emprendedores no se dan posibilidades de crecimiento.  Y esto sólo puede darse en un contexto capitalista de institucionalidad democrática con libertades individuales. El comunismo-socialismo –por su énfasis en lo colectivo- asume por sí y para sí una serie de dogmas que aunque suenan muy bonitos, en el duro terreno de los hechos concretos de largo alcance lo único que hacen es inhibir la iniciativa individual y frenar los procesos de innovación. Al mismo tiempo, casi siempre esos dogmas degeneran en esquemas totalitarios. Resultado final: colapso del sistema (como ocurrió con la Unión Soviética y todo el bloque comunista), o estancamiento en el marco de una pseudo igualdad mediocre, caso de la Cuba actual. China  y su “comunismo” son un caso singular, sobre el cual algo comentaremos en próxima oportunidad.

Debemos crear siempre. Debemos esforzarnos por hacer descubrimientos, avanzar e inventar. La vida misma -en su permanente desafío- nos impulsa hacia la creatividad, nos obliga a poseer capacidad de innovar. Cuando la innovación se estimula adecuadamente, se produce una verdadera revolución cualitativa que modifica positivamente y por completo el cuadro socio-económico de una determinada comunidad. No en vano las naciones más prósperas del globo son aquellas en donde la innovación es permanente. Tienen sus crisis cíclicas es cierto, pero la tendencia es siempre creciente, su población goza de buenos ingresos, accede a educación, servicios básicos de todo tipo y la pobreza es minoría, no inmensa mayoría como lamentablemente sucede en muchas regiones del mundo abrumadas por la miseria, tales como nuestro propio país.

El famoso “empresario creativo” -del que hablaba Schumpeter en su tiempo- puede ser hoy en el Siglo XXI cualquier ciudadano que tenga posibilidad de generar innovaciones y ponerlas en práctica o lanzarlas al mercado. En Bolivia, sin ir muy lejos, mucho se habla actualmente de “impulsar a los emprendedores”. Pues bien, que se lo haga y pronto. Esos emprendedores -pequeños, medianos y grandes- son los que con su empuje nos harán cambiar de veras. Ni la modificación del rótulo “República” a “Estado  Plurinacional”  dinamizará muchos cambios reales ni tampoco lo harán las declaraciones políticas rimbombantes, pero sí  logrará tales cambios el esfuerzo innovador común  que he mencionado.

El capitalismo –con sus crisis, ciclos y defectos- es un sistema dinámico en permanente evolución y periódicamente renovado justamente por sucesivas oleadas de innovaciones, las que no son monopolio de las grandes empresas; también pueden darse innovaciones en ámbitos más pequeños. Desde ya,  lo propio  sucede mediante la iniciativa individual. Lo importante es contar con el ambiente propicio. Precisamos pasar de la retórica a la práctica para poder estimular creatividades, ingenios e innovaciones. El camino del desarrollo está abierto si así se procede. Caso contrario, sobre la base de “comunitarismos”, lo único que se generará será un espejismo  momentáneo  de pocos años seguido luego de una montaña de problemas que podrán durar décadas.


Publicado en fecha: 24 de septiembre de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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