PENSAMIENTO ESTRATÉGICO: DON DEL ESTADISTA

Al pensamiento estratégico  se lo define genéricamente como al curso de acción  que resulta de un estimado de la situación global. Es una especie de visión de largo alcance.

Ello implica el establecimiento planificado de un conjunto  amplio de cosas por hacer y con márgenes  alternativos de flexibilidad, de forma tal que en el marco del pensamiento estratégico se vayan encajando determinadas variables (controlables y no controlables) que  a su vez provocarán pautas de acción en los campos militares, diplomáticos, psicológicos, o en  otras medidas y decisiones que puedan eventualmente llevarse a cabo.  Se trata, en síntesis, de pensar en grande, algo que parece haber sido olvidado o dejado de lado  por quienes lo consideran “pasado de moda”. Nada de eso, el pensamiento estratégico en términos de vastos horizontes sigue siendo el instrumento básico de todo estadista o de quien aspire  seriamente a serlo. El ámbito comentado  no se restringe ni a la política ni a la fase militar; puede darse también en empresas y en negocios diversos, inclusive en la propia lucha permanente por la auto superación personal.

Como muy bien señaló Henry Kissinger en su magistral obra “Un Mundo Restaurado” (FCE, México), todo estadista debe tratar de conciliar lo que se considera justo con lo que se considera posible. Lo justo depende de la estructura interna de cada estado y lo posible  depende de los recursos, de la posición geográfica y de varios factores más. La medida del equilibrio del pensamiento estratégico del  verdadero estadista es la que a la larga lo pondrá en un lugar destacado de la historia. Si intenta ser conquistador o profeta, podrá tener destellos  populistas y hasta momentos de gloria, pero su obra –tarde o temprano- se derrumbará sin dejar mayores huellas. Lo efímero es siempre de corto aliento.

El mundo está inundado con el paso de conquistadores y profetas de toda laya. Algunos dejaron su marca, otros ya ni siquiera son recordados. Los grandes estadistas, aunque no hayan sido populares en su tiempo o hubieran tenido momentos muy difíciles, surgen nítidamente en el campo histórico como seres que forjaron parte  esencial del rumbo de la humanidad, defendieron a sus países, los mantuvieron unidos, superaron injusticias e  hicieron crecer a sus naciones incrementando su potencial y viabilidad. Hombres de la talla de Lincoln, Roosevelt, Churchill, Metternich, San Martín, Bolívar, Mandela y otros que por falta de espacio no nombramos, no pasaron en vano por el umbral grande: han dejado su sello para siempre mediante acciones concretas. Y tales acciones nunca hubieran podido ser ejecutadas si éstos extraordinarios seres no hubieran tenido el privilegio de contar con un pensamiento estratégico, con un sentido de dimensión panorámica que les permitió avizorar problemas, como también programar la mejor manera táctica de enfrentarlos y resolverlos para obtener resultados acordes con la estrategia definida. El conquistador conquista y pocas veces perdura. El profeta predica, tiene carisma, tal vez hasta arrastre multitudes en cierto momento, pero también su estela es fugaz. Los resultados  de ambos casi siempre terminan siendo nulos o negativos. A la larga, el estadista visionario es el que sobresale.

Resulta más atractivo  -y tentador- conquistar o profetizar. El ser estadista implica sacrificios y renuncias, no es algo fácil. Pero la diferencia cualitativa al final resulta ser concluyente: el estadista hace Estado; los aspirantes a profetas y conquistadores lo destruyen o lo debilitan una vez superado su breve momento de auge. Así ha sido, así será.


Publicado en fecha: 10 de diciembre de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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