BRASIL: UNA CREACIÓN GEOPOLÍTICA

Brasil es un producto de la geopolítica. Su destino estuvo trazado aún antes de su descubrimiento (1500, Pedro Álvarez Cabral) mediante un acto bilateral e intra europeo típico de la relación entre poder político y asentamiento geográfico que caracteriza a la dinámica geopolítica. Dicho acto determinó lo que sería el futuro territorio brasileño. En efecto, el Tratado de Tordesillas de 1494 –que dividió Sudamérica entre España y Portugal- selló el destino de la inmensa región que al principio fue colonia  y luego sede de la dinastía de los Braganza, para posteriormente transformarse en imperio independiente y finalmente  convertirse en república.

Las vastas dimensiones internas del Brasil  y periferia, que en un principio fueron fruto de las conquistadoras incursiones de los bandeirantes y posteriormente definió política y jurídicamente -a costa de sus vecinos- el legendario Barón de Río Branco, le fueron prácticamente dadas antes de su nacimiento como país. He aquí un típico ejemplo de cómo una nación evoluciona a través de una decisión geopolítica exógena y de una expansión interior que marcaría para siempre -inclusive hasta los días que vivimos- su derrotero.

La mirada hacia África y la ocupación propia de su inmenso espacio pasaron a ser determinantes en la consecución de la propia doctrina geopolítica brasileña y ciertamente, en sus decisiones de política exterior. El golpe geopolítico maestro de la creación de Brasilia (1960), generó un  nuevo centro de gravedad en el hinterland que balanceó con creces el  tradicional predominio del eje  atlántico Río de Janeiro-San Pablo-Porto Alegre.

El traslado de la capital hizo más sólido al Brasil, convalidó su extensión geográfica y abrió el camino hacia el dominio total de sus enormes zonas amazónicas, platenses y del Pantanal.

La creación de la colonia del Brasil sobre la base del Tratado de Tordesillas fue –en su época- la expresión pragmática de la llamada “Diplomacia del Renacimiento”. Ésta representó un conjunto de acciones que a la par que expandía el horizonte mundial iba delimitando esferas de influencia en torno a los descubrimientos de los grandes navegantes de la época y que le dieron al mapa terrestre su configuración definitiva.

El Brasil heredó de su madre patria portuguesa la capacidad de lograr entendimientos constructivos evitando en lo posible cualquier tipo de enfrentamientos, tanto externos como internos. Su evolución difiere drásticamente de la evolución de las colonias hispanoamericanas, todas ellas sin excepción proclives a la violencia y a conflictos civiles de todo tipo. Hasta el proceso de independencia brasileño fue totalmente diferente. Al exiliarse forzadamente la monarquía durante la invasión napoleónica de la península ibérica, el imperio portugués de ultramar se controló desde el Brasil. Al retirarse las tropas francesas de  Lisboa, el heredero de la Corona (Pedro I de Braganza) decidió quedarse en esa tierra tropical que ya amaba. Surge así, como estado independiente, el Imperio del Brasil en 1822.

Sobre esas bases tan singulares y disímiles al resto de las también nacientes repúblicas sudamericanas, el Brasil ensanchó fronteras y  concretó una política exterior de excelencia a través de su hábil diplomacia, aunque con algunos riesgos y controversias, producto de la conducción bicéfala de ciertos aspectos internacionales  ocurrida durante los últimos años.

En todo caso, la diplomacia  brasileña -cimentada sobre sólidos principios doctrinales que siempre trascendieron el cambiante ámbito de la política doméstica  de coyuntura- permaneció  y permanece  como paradigma a lo largo del tiempo.


Publicado en fecha: 12 de marzo de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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