ACERCA DEL NOBEL Y DE LA “GUERRA JUSTA”

Al recibir el pasado 10 de diciembre el Premio Nobel de La Paz  2009 –galardón inmerecido y que Barack Obama  nunca debió aceptar-, el presidente norteamericano pronunció un discurso donde se explayó sobre los antiguos conceptos de “guerra justa”, pretendiendo así justificar sus  presentes acciones militares en Irak y Afganistán, amén de alertar sobre mayores envíos de tropas y más  probable violencia futura en esas conflagraciones.

La entrega a Obama del Nobel demostró palpablemente la hipocresía y  falta de sentido común -o simple complejo de “chupamedias”-  del Comité que hizo la selección del laureado. Pero no debemos extrañarnos. Ya en el pasado varios criminales de guerra, dictadores y terroristas, también fueron elegidos y descaradamente aceptaron, compartiendo así la historia del Nobel  de la paz con otras figuras memorables como el Dalai Lama, La Madre Teresa, Nelson Mandela, Henri Dunant, etcétera.  Dudosos candidatos con pretensiones al Nobel  de la paz, tampoco han faltado ni faltan. Está visto que vivimos en un mundo de apariencias y de formalidades, sin fondo ni ética profunda.

Ahora vale la pena recordar los  conocidos principios  básicos de la guerra justa. Ellos son los siguientes: 1) Una guerra justa se libra en última instancia. Todas las opciones no violentas deben ser agotadas previamente; 2) Una guerra es justa sólo si es  impulsada por una autoridad legítima. Acciones –aunque sean justas- llevadas individualmente por personas o grupos, no son válidas en este contexto; 3) En una guerra justa se lucha para resolver un mal sufrido anteriormente. Por ejemplo, la legítima defensa siempre es considerada “justa”; 4) Una guerra también es justa si se lucha dentro de un margen razonable de conseguir el éxito. Numerosas muertes y daños cuantiosos, ocasionados por causas sin esperanza, no son moralmente justificables; 5) El objetivo final de una guerra justa es el restablecimiento de la paz. Es más, la paz alcanzada tiene que ser preferible a la paz que hubiera prevalecido sin conflicto,  pues la lucha se justifica por el resultado; 6) Para que una guerra sea justa, la violencia tiene que ser proporcional al daño sufrido. No se admite como justo un uso desproporcionado de la fuerza más allá de la reparación del daño previo; 7)  Las armas usadas en la guerra justa deben discriminar entre combatientes y no combatientes. Los civiles nunca  deben ser blanco de ataques, jamás debe hacerse nada en contra de inocentes no involucrados. Solamente podría intentar justificarse la muerte de población civil si la misma ha sido parte inescapable de un objetivo militar estratégico e imprescindible. Y aún así, este pseudo argumento es muy débil en términos de justificación filosófica.

Para no entrar en detalles (dejamos el ejercicio sujeto al interés o acuciosidad del lector) es un hecho incontrastable que las guerras libradas por todos los países del orbe -aún aquellas luchas catalogadas como verdaderamente justas- terminaron desenvolviéndose casi siempre por la vía de medios desproporcionados que fueron mucho más allá del “castigo” o de la “represalia”.  La lista de horrores a lo largo de los tiempos  es larga. Sin ir muy lejos, entre el pasado Siglo XX y esta primer década del Siglo XXI, ya se arrastran millones de víctimas inocentes. Todo conflicto violento tiene su costado espantoso.

Para concluir,  recordemos que lo justo o lo injusto es relativo, todo depende de qué lado uno se encuentra y cuál es la propia escala de valores. El terrorista de unos puede ser el  “patriota liberador” de otros y viceversa. La cosa es compleja, como  complejo también lo es el fenómeno  patológico-social de la guerra.


Publicado en fecha: 1 de enero de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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