¿A QUIÉN LE IMPORTA LA GEOPOLÍTICA?

Cuando se inició a fines de los años 80 el actual proceso de globalización- un fenómeno esencialmente económico e informático- se consideró que la geopolítica era anticuada y estaba “fuera de lugar”. El que mencionaba algo acerca de los grandes espacios, era considerado “out” o “con ideas primitivas”.  Ya había caído el comunismo y era “el fin de la historia”.

Como es sabido, la geopolítica -luego del desprestigio al que la llevaron los conductores alemanes de la Segunda Guerra Mundial por su énfasis racista en el dominio  hegemónico  germano-, tuvo su “revival”  desde la década de los 70 del siglo pasado al impulso de Henry Kissinger y de la llamada escuela francesa. Poco a poco el término salió del ostracismo. La geopolítica volvió a ser una buena palabra apta para describir fenómenos vinculados con la relación tierra-poder, con el vínculo entre poder político y asentamiento geográfico y como una manera de tomar decisiones para dominar  e integrar espacios interiores en diversas comunidades organizadas. O sea, teníamos una geopolítica externa orientada a los fenómenos internacionales y una geopolítica interna encaminada hacia la solución política de temas territoriales en el marco endógeno de los estados.

Por un breve momento y luego de este resurgimiento, antes del fin del Siglo XX se pensó  -reitero- que la globalización opacaría definitivamente a la geopolítica. Pero he aquí que ésta resurgió una vez más, con fuerza y ahora hasta con exageraciones, ya que la muletilla “geopolítica” es usada por doquier -a veces indiscriminadamente- por estar en estos momentos muy “in”, muy “a la mode”.

El nuevo internacionalismo globalizador trajo conflictos subsiguientes, primeramente en las llamadas “intervenciones humanitarias” de los años 90 y la Guerra del Golfo; luego en los Balcanes, seguidamente en el propio Estados Unidos el fatídico 11 de septiembre de 2001, lo que a su vez precipitó sendas intervenciones militares en Irak y Afganistán. Y esto, sin agregar otros conflictos diseminados  a lo largo del planeta, entre los que podemos mencionar el trágico genocidio de Ruanda en 1994. Si a ello le sumamos el ejercicio del poder en sus dos formas clásicas: poder duro y poder blando más la necesidad recurrente de volver a pensar en términos de grandes espacios, con mirada continental y  hasta universal, el retorno con fuerza de las  ideas geopolíticas era casi una operación matemática.

El mapa ha vuelto a ser el instrumento esencial de los hombres de estado, tanto para sus temas internacionales como también para el control y mejoramiento de sus propios territorios.  Y parece que la geopolítica se quedará definitivamente. Esta controvertida disciplina o “arte del estadista” ha pasado a ser  hoy por hoy una herramienta muy importante para la descripción, para la observación y para los análisis en torno a situaciones imponderables en regiones críticas.

Súmense el tema ambiental y la lucha por los recursos naturales, para ir añadiendo ingredientes al cuadro geopolítico de este tercer milenio. No hay determinismo geopolítico como en el pasado, pero sí hay un enfoque moderno de asuntos tales como ubicación, forma, ventajas y desventajas geográficas y políticas, aspectos positivos o negativos de los grandes bloques integracionistas y, en fin, la lista es extensa. Hoy en día tenemos hasta una geopolítica virtual y hemos trascendido el espacio aéreo para ingresar en el espacio exterior, otra dimensión geopolítica que agregada a los fondos marinos brinda nuevas ecuaciones  geográficas de poder. Si, hoy la geopolítica le importa a todo el mundo, ya nadie puede ignorarla.


Publicado en fecha: 23 de julio de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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