LOS PELIGROS DEL NUEVO PROTECCIONISMO

Como un maligno espectro derivado de la actual crisis mundial surge nuevamente el fantasma del proteccionismo. Las mismas potencias que  se cansaron de postular el “libre mercado”, son las que  ahora cierran  encubiertamente sus fronteras a productos venidos de las economías emergentes o  les imponen trabas indirectas de diverso tipo que dificultan su comercialización. Esto ya fue objeto de debate durante la reunión del G-20 del pasado mes de abril en Londres. El presidente brasileño Luiz Inácio (Lula) da Silva fue uno de los que con mayor fuerza denunció esta posición -sutil y velada- de las economías altamente industrializadas.

Hoy en día  resulta que algunos países del norte consideran que  el crecimiento en las naciones emergentes será "perjudicial", pues les creará situaciones críticas  de desempleo y otras presuntas calamidades. En lugar de declararse satisfechos porque áreas importantes del planeta están dejando el camino de la pobreza, ahora tenemos que el desarrollo se percibe como amenaza para los ricos. Estamos frente a una especie de teoría de la dependencia al revés: ya no son los poderosos quienes generan y mantienen la pobreza en el Tercer Mundo, sino lo contrario: desde el sur subdesarrollado se atentaría contra la riqueza del norte industrial…

En particular, se considera que las importaciones producidas con mano de obra barata de los países emergentes pueden ser "muy dañinas" para la mantención del nivel de vida y de los niveles de empleo en Europa y Estados Unidos. Enormes carteles  con leyendas tipo “compre americano”, “no compre afuera y compre acá” se observan en lugares cercanos a los grandes centros comerciales de los Estados Unidos. Algo similar ocurre en diversos estados europeos.

Como los índices de desempleo siguen aumentando y la recesión anuncia nuevas quiebras -como las gigantescas recientes de las automotrices y muchas otras menos notorias pero cuya sumatoria ejerce un peso considerable-, la posición dura se mantiene. Hay que  disminuir los índices de desocupación y se presume –erradamente- que ello sólo será posible si se pone un freno al flujo de mercancías de las economías emergentes. Con tal  postura -más  política y emotiva que racional- se quiere despojar a las naciones en desarrollo de una de sus escasas ventajas comparativas que son los bajos salarios  al bloquearles el acceso a los mercados. Esto puede ser tremendamente negativo para los emergentes, incluyendo nuestra Bolivia.

En la actualidad  y con el neoproteccionismo encubierto que se maneja, resurge un tema que cobró actualidad en los inicios de la globalización, allá por la década de los 90 del siglo pasado. En todo este controvertido embrollo del proteccionismo de los industrializados, se olvida algo que el actual Premio Nobel de Economía Paul Krugman señaló tiempo atrás: en el conjunto exitoso de productividad, eficiencia y competitividad, es donde radica la verdadera ventaja duradera final. Dicha ventaja no tiene como base la mano de obra barata o los precios de  las materias primas. Este razonamiento elemental deberían tenerlo muy en cuenta los industrializados que en estos momentos lidian con la crisis en sus propios patios.

Persiste un peligro latente para el desarrollo del comercio exterior emergente: proteccionismos encubiertos mediante los cuales países desarrollados buscarán –equivocadamente- vías para superar los problemas que hoy enfrentan. Preocupante el tema. Hay que seguir atentamente su evolución.


Publicado en fecha: 12 de junio de 2009
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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