LAS TOMAS DE TERRITORIO AYER Y HOY

Las tomas de territorio casi siempre  sucedieron con violencia. Esto se ha dado particularmente en el primer encuentro entre pueblos: el que llega como invasor y el residente jaqueado en su lugar de origen. Veamos dos ejemplos: las hordas mongoles de Gengis Khan en Eurasia y los Conquistadores en el Nuevo Mundo. Ambos procedieron -con armas en la mano- a subyugar simultáneamente habitantes y el suelo en que éstos vivían. Tales asaltos trajeron como consecuencia el inmediato sometimiento de los nativos de uno y otro lado. En la mayor parte de los  casos eurasiáticos hubo asimilación o sumisión, en otros pocos aniquilación. En Hispanoamérica, la ausencia de familias constituidas promocionó un intenso mestizaje entre los hombres blancos recién llegados y las cobrizas mujeres del lugar. Tal mestizaje es hoy la masa mayoritaria de población en la región. Por el contrario y como los puritanos anglosajones llegaron a los nuevos territorios de lo que hoy son los Estados Unidos con matrimonios formados, la consecuencia trágica en Norteamérica fue el genocidio; prácticamente se exterminó casi por completo a todas las razas autóctonas. Hoy sobreviven algunos indígenas estadounidenses en las llamadas “Reservaciones”, último  triste vestigio de sus propios territorios de otrora, ocupados  inmediatamente por los nuevos residentes luego de expulsar o de matar a los autóctonos.

Existen básicamente dos clases de lucha por el territorio según que la meta sea exterminar o hacer dócil al adversario. En un caso se persigue su eliminación física, en el otro sólo torcer su voluntad. Como expresé anteriormente en una nota del año pasado: “El que llega como colono, también quiere ser conquistador, es algo irreprimible y que está en la propia naturaleza de la ocupación territorial. Si no hay nadie, mejor; si hay alguien, la intención primaria será someter o eliminar al primer habitante del suelo ahora ocupado. La consolidación del asentamiento propio trae consigo la tentación irremediable de la subyugación del original del territorio, o mejor, su desaparición”.

Además, no se trata solamente de vencer al anterior ocupante sino también de “heredar” sus bienes, ahuyentándolo del lugar. Hasta la Biblia nos señala esto al narrar el éxodo de Moisés y del pueblo judío hacia la llamada “Tierra Prometida” que ocupaban los filisteos.

            En los conflictos internos por territorios,  muchas veces se han disfrazado estas actitudes mediante frases altisonantes tales como “colonización”, “marcha hacia x punto cardinal”, etc.  pero a la larga siempre se quiere lo mismo: la conquista del espacio y la subyugación del anterior ocupante. Usuales argumentos ideológico-mediáticos usan sugestivos términos totalizadores tipo “integración”, “unión nacional”  u otros por el estilo. Se convence de esa manera a la gente de que la toma territorial es una cuestión ligada con valores fundamentales de progreso y unidad. No siempre es así; en muchas ocasiones es simplemente conquista y sumisión. Así lo ha marcado la historia, así se sigue actuando hoy aunque en otros contextos y con otras modalidades. Lo importante de parte del tomador es propalar  -y convencer- que lo que se está haciendo siempre es “mejor” a lo hecho anteriormente por el antiguo poseedor.

Una buena dosis de inteligente propaganda política muchas veces basta y sobra para que un grupo justifique cualquier  tipo de invasión de los espacios geográficos de otro grupo. Sucedió en el pasado, puede suceder hoy, seguramente sucederá mañana en cualquier lugar del globo dónde dos pueblos se encuentren en un punto territorial y pujen por su dominio final.



Publicado en fecha:
15 de mayo de 2009
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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