EN LA GUERRA  NO HAY GENTILEZAS

La caballerosidad en las guerras ha tenido su tiempo, pero más primó la violencia generalizada. Paradigmas de destrucción en el pasado fueron los hunos de Atila, los mongoles de Gengis Khan y los vándalos, temible tribu germánica cuyos pillajes generaron términos idiomáticos usados por todos. No siempre fue así. Tuvimos épocas en que las guerras se libraban en lugares alejados y los pueblos vivían en relativa paz.

Esos pueblos no guerreaban entre sí: para eso estaba la milicia contratada o levantada al efecto. Hubo un tiempo en Europa en que se hizo alarde de tal “caballerosidad”. No duró mucho; está en el hombre su capacidad intrínseca de crueldad y de violencia. Se hizo palpable en los últimos grandes enfrentamientos de los Siglos XIX y XX con el concepto de “guerra total” iniciado en la era napoleónica. Junto con las despiadadas batallas de la Primera Guerra Mundial hubieron bloqueos que hambrearon a ciudades. Ya antes, los ingleses encerraron familias enteras en campos de concentración (1902) durante su lucha contra los bóers en Sudáfrica. Previamente, en la guerra de secesión norteamericana (1861-1865) la Unión liderada por Abraham Lincoln destruyó casi por completo a los estados separatistas del sur e  impuso la “rendición incondicional”. Asimismo, se practicó la política de tierra arrasada durante las campañas militares de Sherman y Sheridan, quienes ejercieron toda clase de tropelías contra la inocente gente de los lugares confederados que atravesaban.

La guerra se hace para quebrar la voluntad del enemigo e imponerle a éste la voluntad del triunfante. Muchos alegan que cualquier método es válido para alcanzar ese objetivo político. ¿Y qué mejor manera de destruir al oponente que ganarle la moral mediante la crueldad? Suena horrible, pero la experiencia señala que eso ha venido sucediendo en casi todos los conflictos. Lo vimos en Vietnam, donde el más poderoso (EE.UU.) terminó derrotado por el oponente local, inferior en tecnología, pero que usó con supremacía el elemento sorpresa y la psicología. El gran estratega vietnamita, Vo Nguyen Giap, derrotó rotundamente a los generales del Pentágono. En el sudeste asiático, la falta de piedad vino de la mano norteamericana con sus lanzamientos indiscriminados de “napalm”, sofisticadas bombas incendiarias de fósforo que ya se usaron en el innecesario bombardeo de la indefensa ciudad alemana de Dresden a fines de la Segunda Guerra Mundial. Murieron allí miles de personas, gran parte de ellas refugiados de los territorios del este ocupados por el avance soviético. Más adelante, las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki (1945) provocaron otra enorme crueldad y el fin de la contienda. Se inició la era del equilibrio nuclear mutuamente disuasivo.

Las guerras son crueles intrínsecamente. Con el tiempo se fueron haciendo cada vez peores por la participación indirecta de civiles inocentes que morían para así aniquilar la moral del rival. “Nada debería quedarle a la población enemiga, más que sus ojos para llorar”, exclamó una vez un general unionista, reflejando así -durante la guerra civil en los Estados Unidos- la manifiesta crueldad de una pelea de todos contra todos, ya no solamente de ejércitos chocando hidalgamente y con la población al margen.

La cosa sigue en este tercer milenio con guerras aisladas pero igualmente horripilantes. Conflictos en Medio Oriente, África, Afganistán, Irak y el terrorismo global, reflejan múltiples formas de violencia y crueldad masivas. Así marcha hoy nuestra “civilizada” comunidad humana.


Publicado en fecha: 6 de marzo de 2009
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

Los más Recientes



Copyright © 2013 - Todos los Derechos Reservados

Telf. de contacto: 74969109 Diseñado por: Vicente Candaguira