EL ESTADO: CONTROL SÍ,  ADMINISTRACIÓN NO

Como acertadamente afirmó hace poco el profesor de Yale Paul Kennedy, el Estado ha vuelto con fuerza. El proceso se inició con los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y se precipitó  últimamente como consecuencia de la crisis financiera. El poder gubernamental soberano retomó inusitada vigencia, en un principio con medidas de seguridad para prevenir futuros actos de terror y posteriormente por el colapso económico de los Estados Unidos e industrializados países de Europa occidental.

Durante más de quinientos años los estados nacionales predominaron con todos sus atributos usuales. En la primera etapa de la globalización -tras el derrumbe del comunismo a principios de los 90 del siglo pasado- se enunciaron conceptos  acerca del “fin de la historia” y la “decadencia” de los estados.  Marx y Lenin anteriormente habían pronosticado la “extinción del Estado” en la ruta hacia el socialismo. Tal cosa no se produjo y probablemente no sucederá nunca. Ahora en 2009 el Estado como organización política domina el escenario internacional. La realidad supera a cualquier utopía.

Los triunfadores del reciente pasado (bancos de inversión, agentes de bolsa, corredores de acciones en Wall Street, atildados empresarios, etc.) son los villanos del presente. El Estado –afirma Kennedy-  era  considerado como algo anticuado, sobre todo en lo relativo a sus formas "sobredimensionadas" o de estilo autoritario. Ahora  resulta que el Estado está de última moda. Destaca, además, que el mundo del capitalismo de libre mercado sin controles llegó a un fin abrupto. El Estado intervino para retomar el control de los asuntos financieros y políticos. Agrega que el Estado nunca desapareció y para fines de la década de 1990 ya había indicios de que aumentaba su poder en países tan diferentes como Rusia, China, Venezuela y Zambia.  Es sin embargo y según Kennedy, el giro en las que habían sido sólidas economías de mercado -sobre todo EE.UU.- lo que constituye el más asombroso cambio. Resurgió la fuerza latente del Estado nacional. Hoy en día, hasta instituciones mundiales de envergadura -como el Fondo Monetario Internacional- bailan al compás de gobiernos con capacidad de decisión sobre ellas.

En este contexto de fuerte retorno de la presencia estatal, surgen diferencias en  materia de interpretaciones y de métodos operacionales.  Desde el punto de vista interpretativo, el retorno del poder del Estado no significa un automático regreso a modelos socialistas o comunistas ya defenestrados por la historia. Implica más bien un proceso inevitable de control de daños en función de algo superior -el interés común de la sociedad- y también conlleva una profunda reforma del sistema capitalista. En términos operativos, la nueva presencia estatal se refleja mediante la presencia mayoritaria del Estado en Directorios de grandes compañías o en cantidad de acciones en su poder, pero no se trata de “nacionalizaciones”, dónde el Estado pasará a ser administrador. La consigna claramente establecida es  un sí al control y a las regulaciones, con un rotundo no a la gerencia estatal, aunque se tenga mayoría o propiedad plena. La experiencia señala que con la administración directa se abre un sendero hacia la ineficiencia y potenciales corruptelas. Son contados en el mundo los entes estatales que funcionan bien.

No hay ni habrá fin del Estado ni tampoco un Estado omnipresente, salvo en los totalitarismos. El Estado resurge como árbitro y regulador de los desequilibrios en el sector privado, pero básicamente controla y norma, no administra. Más allá de esta verdad, el Estado está aquí por un buen rato. Ojalá cumpla bien sus funciones elementales y las adicionales que ahora le impone la coyuntura.


Publicado en fecha: 3 de julio de 2009
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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