DESASTRE EN ZIMBABWE

Cuando Rhodesia -luego de largas luchas populares- superó  al fin el odioso racismo de la minoría blanca, se extinguió  como estado. Surgió en su lugar (1980) una nueva república independiente con el nombre nativo de Zimbabwe. Todo era esperanza y optimismo al comienzo. Su principal liberador, Robert Mugabe, fue  también el primer presidente de Zimbabwe y auguró mejores tiempos al inaugurarse su mandato en Harare (ex Salisbury), la rebautizada capital. Los  tiempos de ese entonces, dejando de lado la aberrante discriminación racial ya superada, no eran malos. El dólar de Zimbabwe se cotizaba en paridad con el dólar estadounidense. Sus enormes cosechas le dieron el mote  de “granero africano”. Los niveles educativos, sanitarios y de salud eran envidiables. Con una buena administración más la progresiva inclusión de la mayoría negra, se pensaba que Zimbabwe sería ejemplo de prosperidad y desarrollo.

En estos 29 años la esperanza se derrumbó. El flamante ordenamiento institucional se transformó en  la dictadura -disfrazada con el manto de la democracia formal- de un Mugabe que nunca renunció al poder. Aunque perdió las elecciones en 2008, mediante una segunda vuelta fraudulenta se las ingenió para seguir al mando. Pese al clamor internacional por un cogobierno con la oposición, Mugabe maneja Zimbabwe a su antojo; sus grupos de choque apalean brutalmente a quienes se animan a protestar. Mientras (y paradójicamente frente a su desastroso gobierno), Mugabe aún ejerce un malsano hechizo hipnótico sobre bastante gente.

El carisma perverso de Mugabe se convirtió en un cáncer para su pueblo. Más de cuatro millones de habitantes se han refugiado en Sudáfrica mientras el resto vive miserablemente, pasa hambrunas y ahora, para colmo, Zimbabwe se encuentra azotado por una epidemia de cólera que ya tomó más de mil vidas. Esta última tragedia es fruto de la incapacidad del gobierno. La contaminación se produjo por medio de la red de distribución del líquido elemento. Al mezclar aguas potables con aguas servidas, sobrevino la calamidad. Asimismo, los centros públicos de salud se quedaron sin agua por varios meses y eso provocó una mayor extensión epidémica.

Todo ha colapsado en Zimbabwe, incluyendo escuelas y centros hospitalarios. Los enfermos se apiñan sin esperanza de ser atendidos. Muchos mueren en las puertas mismas de hospitales públicos otrora modelos para África. Las funciones básicas del estado fallan miserablemente. La hiperinflación llegó a niveles exorbitantes que han superado -de lejos- a otras del pasado ocurridas en Europa y Sudamérica. Se necesitan más de 100 millones de dólares de Zimbabwe para comprar una simple  presa de pollo. El que quiera buenos servicios y buena comida debe pagar en dólares duros de EE.UU.  o en Euros. Para el pobre, no queda nada.

Ya  se anuncia el inminente derrumbe final de lo que fue antes un ideal africano de país con futuro. La comunidad mundial presiona a Robert Mugabe, pero el viejo dictador se aferra al poder, habiendo llegado a decir que “Zimbabwe es mío”. Hay cierta hipocresía inoperante en las gestiones internacionales, ya que varios países africanos no quieren sentar precedentes de intervención directa externa. Mientras, Zimbabwe sigue sufriendo. ¿Hasta cuando? Mugabe ya tiene 80 años y hay un grupo opositor organizado, pero la fuerza estatal aún está del lado del anciano autócrata, como también una parte del pueblo continúa patológicamente hipnotizada por su macabra figura. El desenlace puede producirse en cualquier momento.

He aquí el resultado final de malas políticas públicas y del exceso de demagogia. Lo de Zimbabwe no debe repetirse en ningún rincón del planeta.


Publicado en fecha: 16 de enero de 2009
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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