BRASIL: ENTRE AMBICIONES ATÓMICAS

Y LA REALIDAD

El grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China) está de moda. En lo que hace a Brasil, el país vecino acaba de ganar un asiento temporal en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, asiento que procurará sea permanente una vez reformada la Carta de la ONU. Por otro lado, sus indicadores proyectan al gigante sudamericano hacia arriba. Asimismo, Brasil será sede del Campeonato Mundial de Fútbol de 2014 y de las Olimpíadas en 2016 (Río de Janeiro). Es más, Lula le dice palabras melosas al Presidente Evo Morales mientras -en simultáneo- realiza todos los esfuerzos para no depender del gas boliviano cuando venza el contrato en 2019 y entonces nos dejará de comprar. Nuestras autoridades no perciben el potencial perjuicio, prevalece el almíbar de la zalamería actual sobre la realidad por venir.

Un hombre moderado –el ex presidente uruguayo  Julio María Sanguinetti- ya se refirió recientemente al “triunfalismo” brasileño. Bien vale la pena rescatar tal expresión ahora que ese sentimiento del Brasil está llegando a niveles de franca arrogancia. Tiene el Brasil ciertamente muchas cosas de las cuales sentirse orgulloso, pero a su vez sigue atravesando enormes problemas de naturaleza estructural. Indicadores mundiales de alta confiabilidad señalan que existen casi 10 millones de niños brasileños descerebrados por absoluta falta de proteínas y alimentos adecuados. La pobreza y la marginalidad campean al lado de lujosas mansiones y automóviles. Narcotraficantes y delincuentes hacen de las suyas  a diario. No en vano los sociólogos hace décadas bautizaron al Brasil con el mote de “Belindia”, es decir, una pequeña Bélgica  rica e industrializada rodeada de una inmensa India pobre y miserable. Eso es Brasil aún y lo será por largo tiempo más, no hay que engañarse.

Sin embargo, está visto que la ambición no mide ni consecuencias ni la magnitud de los problemas internos. En septiembre Brasil firmó un importante convenio de abastecimiento bélico con Francia, el que incluye asesoramiento en materia nuclear, tal como lo anticipé en un comentario publicado a los pocos días del acuerdo. Luiz Inácio (Lula) da Silva pretende pasar a la historia como el mandatario que dio el puntapié inicial para que Brasil sea potencia mundial. Ese bichito de ambición traerá inevitablemente consigo –ya la está arrastrando- la tentación atómica. Aunque Brasil es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (Tlatelolco), dejó claramente establecidas sus reservas al momento de la firma y su interpretación del sentido del Artículo 18 de dicho instrumento (explosiones nucleares con fines pacíficos).

Coadyuva en estos momentos con un nuevo auge de lo nuclear, el hecho de que muchos expertos consideran que su desarrollo favorece la lucha contra el cambio climático. Pero una cosa es la energía nuclear sana y limpia, otra la bomba atómica disuasiva y destructora, cuyo germen ya se encuentra en las cabezas de la dirigencia brasileña. Un desarrollo atómico del Brasil precipitaría una escalada sudamericana lamentable. Argentina no se quedaría atrás, ya que en muchos aspectos tiene adelantos nucleares con respecto a su vecino más grande.

Mejor que Lula supere los dramas de sus favelas, de sus niños infraalimentados y otras urgentes carencias antes de irse a su casa tras culminar su mandato. El Brasil tiene muchos desafíos por delante, ser potencia nuclear no es uno de ellos. El tema hoy no pasa de las bravatas, pero hay que estar precavidos. Los triunfalistas arrogantes –caso Brasil en 2009- no tienen límite, así lo marca la experiencia.


Publicado en fecha: 13 de noviembre de 2009
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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