PUEBLOS, LUCHAS Y TERRITORIO

Los encuentros entre pueblos han sido tanto violentos como pacíficos a lo largo de la historia. En algunos casos la convivencia los llevó a unirse tomando el nombre del uno y el idioma del otro o ambos. En otros casos se produjo la aniquilación  o  la absorción de un pueblo a expensas del recién llegado. A la vieja Inglaterra de celtas y bretones arribaron los anglos primero, sajones luego, romanos después y finalmente normandos. Prevaleció para el nombre del país el de la tribu de los anglos, aunque ésta desapareció. Si bien el idioma  inglés tiene la raíz germánica traída por los sajones, se nota en él una fuerte influencia latina producto de la ocupación romana y normanda, al mismo tiempo que se conservaron unos cuantos modismos celtas.

La Galia de Vercingetorix fue conquistada por Julio César. Al caer el imperio romano fue invadida por los germanos. Una tribu en particular (los francos) ocupó el territorio y terminó dándole su nombre al país: Francia. Sin embargo, los conquistadores dejaron de hablar alemán y adoptaron el idioma local, fruto de la latinización y de los dialectos galos. 
Prusia, hoy extinguida y raíz histórica del estado alemán, conservó sólo el nombre; los prusianos originales o fueron eliminados o se mezclaron con los germanos hasta borrarse como pueblo. El que llega como colono, también quiere ser conquistador, es algo irreprimible y que está en la propia naturaleza de la ocupación territorial. Si no hay nadie, mejor; si hay alguien, la intención primaria será someter o eliminar al primer habitante del suelo ahora ocupado. La consolidación del asentamiento propio trae consigo la tentación irremediable de la subyugación del original del territorio, o mejor, su desaparición.

Aunque parezca cruel, ésta ha sido la tónica histórica de cada pueblo migrante, trasladada inclusive luego a las colonias europeas de ultramar, incluido el continente americano en sus dos vertientes: la conquista hispano-portuguesa y la anglosajona. En el primer caso, se produjo un intenso mestizaje debido a que españoles y lusitanos venían en busca de riquezas y sin mujeres o familias. En América del norte, el asentamiento de familias puritanas completas prácticamente eliminó el mestizaje y forzó la  casi total aniquilación de los nativos, quienes en sus lejanos orígenes a su vez habían venido de Asia por el estrecho de Bering. En ambos casos, se agregó un ingrediente de inmigración forzada: el infame esclavismo de los negros provenientes de África.

Estas pautas nos señalan que –en cualquier parte o contexto- el colono recién llegado quiere siempre la tierra del prójimo y todo lo que sobre ella crece o vive. No quiere tampoco, como vecino, ninguna cara de razas distintas a la suya, sino exclusivamente una similar a la propia.

El exterminio y la expulsión  pasan a ser variables tentadoras para el que se asienta en territorio de otro; todo dependerá de si la meta sea exterminar o hacer dócil al respectivo adversario. En un caso se persigue su eliminación física, en el otro sólo doblegar su moral y convertirlo a la servidumbre. Para este segundo caso, por parte de los ocupados es suficiente deponer las armas, cambiar de pensamiento o aceptar el orden propio de los nuevos colonizadores.

En casi todos los casos, el conquistador recién llegado tratará de expulsar para siempre y -si posible- borrar del mapa, al vencido cuyo espacio geográfico pasó a ocupar. Son las crueles leyes de la victoria de un pueblo sobre otro al que somete y cuyo territorio pasa a dominar.


Publicado en fecha: 29 de agosto de 2008
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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