LA PRODUCCIÓN DE ALIMENTOS ES ESTRATÉGICA

Henry Kissinger alguna vez dijo: “los países productores de petróleo podrán controlar a otras naciones, pero los productores de alimentos controlarán a los pueblos”. Dejando para otra ocasión el tema energético, de suyo vital, veamos ahora el caso del contexto alimenticio.

Se predice un continuo incremento en la demanda de alimentos, derivado del crecimiento constante de países emergentes densamente poblados (India, China, Indonesia, Vietnam, etc.). El analista argentino Jorge Castro (www.agendaestrategica.com.ar) estima que en los próximos 10 años habrá un incremento de 20% promedio en los precios de las carnes; de 30% en los del azúcar; de 40% en el trigo, el maíz y la leche en polvo; de 60% en las oleaginosas y mantecas; y de 80% en los aceites vegetales. Este último producto encabeza demanda y precios mayores. Además, la FAO presume que el crecimiento de la economía mundial de los últimos cinco años –el nivel más alto de la historia del capitalismo desde la Revolución Industrial- continuará en la próxima década, pese a algunas dificultades de coyuntura.

Bolivia cuenta con hidrocarburos, es potencialmente rica en minerales -pese a la falta de incentivos a la inversión-  y bien podría convertirse en una de las más importantes “potencias intermedias” en materia alimentaria, ya que con una escasa población y enorme territorio, está en condiciones de poder exportar grandes cantidades una vez satisfecha la demanda interna.  Pero (he aquí un gran pero), las actuales trabas y restricciones impuestas a los sectores agropecuarios dificultan cualquier posibilidad de planeamiento a largo plazo e impiden tener una visión estratégica por parte de los productores, ahogados como están por las recurrentes dificultades burocráticas. Ni siquiera el reciente caso argentino de un largo conflicto abierto entre agro y gobierno, sirvió en Bolivia de ejemplo para hacer mejor las cosas. Se está descuidando irresponsablemente al sector agropecuario, el de más posibilidades a largo plazo de generar divisas, un sector que además –por su propia naturaleza-  es renovable, no siendo así los sectores mineros y extractivos (incluyendo hidrocarburos) que algún día se agotarán.

A todo esto, acá se trata de estatizar y seguir acaparando funciones que perfectamente las ejerce la iniciativa privada. El rotundo fracaso del estatismo en todo el mundo no escarmienta a los entusiastas ideólogos de la hora, que quieren más y más participación estatal en todo lo habido -y por haber- hasta transformar nuevamente al Estado en un ente obeso e ineficiente. Y resulta que la muletilla presidencial de moda, además, es la “exterminación del capitalismo”, algo sin sentido e irreal, sobre lo cual ya manifesté en su momento mi  modesta opinión.

Como acertadamente concluye Jorge Castro: el capitalismo en su fase de globalización “no explota sino que margina”; sólo incorpora a su mecanismo de acumulación a aquellos países, regiones, actividades o fuerzas de trabajo que le resultan relevantes. Los que no son relevantes, son marginados. En esta fase, adquiere toda su dimensión la advertencia formulada por Joan Robinson: “Hay una sola cosa peor que ser explotado por el capitalismo, y es el no ser explotado en absoluto”. ¿A esto se querrá llegar en Bolivia para alcanzar los fines del socialismo comunitario, ya anunciado como el nuevo “Mesías  productivo” que desterrará al odiado capitalismo? Si es así, estamos perdidos.


Publicado en fecha: 25 de julio de 2008
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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