MEJOR NO ATIBORRARSE CON COSAS Y DATOS

Nada más cierto que aquella histórica frase atribuida al filósofo Sócrates (469-399 A.C.) poco antes de verse obligado a tomar la venenosa cicuta impuesta por sus verdugos: “solo sé que no sé nada”. Y es verdad. Inclusive en  temas de los que presumimos ser “especialistas”, nos damos cuenta de cuán poco sabemos, cuánto nos falta por saber. Peor hoy en la era globalizada de Internet, El torrente cibernético de  información  es tan  enorme, que aunque pretendiéremos ponernos al día solamente en un tema único, ya  no nos alcanzaría el resto de nuestros días para conocer lo disponible hasta ahora. Ni hablar de los flujos de datos que siguen llegando. Corremos, como tantas veces se repite en estos tiempos,  el  serio riesgo de ahogarnos en un mar de informaciones. 

Al final, uno debe resignarse a ser selectivo y hacer lo mejor posible para dominar algunos conceptos esenciales, mientras a su vez somos conscientes de que hay más, mucho más. En esto de la selección es importante el criterio de cada uno. Habrán los que prefieren temas sociales, económicos, políticos  o legales; otros abordarán asuntos de naturaleza biológica, de medicina, literatura o de física y así sucesivamente. Pero la regla general ha de ser el seleccionar lo que más nos agrade o mejor dominemos y -sin conformarse ni darse nunca por satisfecho-, saber que lo que sabemos siempre será insuficiente, siempre habrá algo más por asimilar. Lo importante es saber lo justo y necesario, como también  tratar de tener  siempre la cabeza en orden.

Pese a este razonamiento de simple sentido común, muchos individuos –con buenas intenciones pero erróneamente- se atiborran la cabeza con montones de cosas,  pretendiendo con ello adquirir mayor conocimiento. El resultado final es que se termina en una mediocridad absoluta o con una mente confusa y desordenada, no apta para el raciocinio ni para la exposición lógica de conceptos claros.

No en vano, el genial Arthur Conan Doyle puso en boca de su mítica creación, el inmortal detective Sherlock Holmes -campeón de la deducción- unas interesantes reflexiones. Ellas provienen  del año 1887,  justamente en la primer novela publicada de su luego famoso e inmortal personaje: “Estudio en Escarlata”.

Esto decía Doyle mediante el famoso investigador Holmes y vale la pena repetirlo acá para los amigos lectores: “Yo creo que originariamente, el cerebro de una persona es como un pequeño ático vacío en el que hay que meter el mobiliario que uno prefiera. Las gentes necias amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en el mejor de los casos esos conocimientos se encuentran tan revueltos con otra montonera de cosas, que les resulta difícil dar con ellos. Pues bien: el artesano hábil tiene muchísimo cuidado con lo que mete en el ático del cerebro. Solo admite su labor; pero de éstas sí que tiene un gran surtido y lo guarda en el orden más perfecto. Es un error el creer que la pequeña habitación tiene paredes elásticas y que puede ensancharse indefinidamente. Créame: llega un momento en que cada conocimiento nuevo que se agrega supone el olvido de algo que ya se conocía. Por consiguiente, es de la mayor importancia no dejar que los datos inútiles desplacen a los útiles”.

Elemental Watson, elemental, al decir de Sherlock Holmes en sus pláticas con su compañero de departamento y de aventuras, el doctor John Watson. Moraleja; no hay que llenarse la cabeza de cosas inútiles; el conocimiento debe discriminarse, seleccionarse y clasificarse. Todo depende del uso o utilidad que tiene para cada quien.


Publicado en fecha: 26 de diciembre de 2008
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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