LAS OLIMPIADAS, CHINA Y TIBET

La llama olímpica partió de Grecia el pasado 24 de marzo. Debe recorrer el globo terráqueo hasta llegar a su lugar definitivo: Pekín (Beijing), la capital china, sede de los próximos Juegos Olímpicos. La gira es de 136.000 kilómetros, la más larga en la historia de esta lid.

Nunca ha sido tan accidentada la trayectoria de la llama que simboliza el fuego eterno del atletismo y no solamente por el periplo a lo largo de muchas capitales, sino también por las continuas manifestaciones en contra de las violaciones a los Derechos Humanos en China, reforzadas particularmente ahora por la represión ejercida en la comunidad autónoma del Tíbet, cuyo “retorno a la independencia” se exige y proclama.
Lo que tenía que ser un mensaje de paz fraterna universal –la llama olímpica- se está convirtiendo en factor de discordia; hasta se la “esconde” a la llama para evitar problemas. Algo triste, ya que se esperaba algarabía y público a lo largo del recorrido de la llama olímpica, nunca lo que sucede ahora.

La politización del deporte no es nada novedoso; ahora le toca el turno a China. El Parlamento Europeo, varias personalidades y organismos  internacionales, han anunciado que “no asistirán” a la inauguración de los juegos o limitarán la presencia de sus principales figuras.

Al tiempo de escribir esta columna no alcanzo a saber qué pasará finalmente con todo este lío, pero sea cual sea el resultado final del embrollo, vale la pena recordar algo acerca del Tíbet, algo que la propaganda intencionada oculta.

El Tíbet ha sido parte de China durante siglos. Aprovechando que China estaba a punto de colapsar por sus problemas internos (1913), los ingleses (¡cuando no!) incentivaron una declaración  tibetana de “independencia”, la que duró hasta 1950, momento en el que China -nuevamente unida luego del triunfo de Mao Tse Tung sobre los nacionalistas-, reintegró ese territorio a su heredad. El mundo calló ante esta acción y la acató, comenzando con Gran Bretaña y Estados Unidos. La protegida independencia tibetana fue efímera: solamente 37 años.

El Tíbet es estratégico para el régimen de Pekín y no creo que permita ninguna aventura en esa región, mucho menos una vuelta a la independencia, la que a todas luces no es real sino ilusoria o expresión de deseos.

El pretendido boicot internacional a las olimpiadas sería trágico; al final y más allá de ser un mero hecho político, únicamente perjudicará a los atletas que se han preparado duramente para esa competencia. El deporte no debe mezclarse con la política, aunque reconozco que pedir eso a esta altura es casi imposible.

El hecho es que Tíbet pertenece a China y ha sido siempre así, salvo por un muy breve período en el tiempo.

Con todo respeto al líder espiritual tibetano en el exilio –el Dalai Lama- y repudiando los hechos represivos que ocurrieron en el “techo del mundo”, es un hecho que factores geopolíticos esenciales del momento presente previenen y prevendrán cualquier posibilidad de independencia tibetana en el futuro inmediato, máxime porque ni Estados Unidos -la superpotencia de hoy- ni la otrora superpotencia imperial -Gran Bretaña- quieren comprarse el pleito, mucho menos Rusia o la Unión Europea. Con cierta hipocresía, todos ellos promueven y dejan hacer a los manifestantes de turno, pero en la práctica, nada harán, ni ahora ni en el futuro inmediato. Nadie quiere enemistarse con China, el milenario dragón del oriente.


Publicado en fecha: 18 de abril de 2008
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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