IMPORTANCIA DEL CONCEPTO ESTRATÉGICO

Cuando le preguntaron a fines de la Segunda Guerra Mundial -ya en su ancianidad- a Sir John Halford Mackinder (1861-1947), uno de los pioneros de la geopolítica moderna, cómo podría definir  sintéticamente  el planteamiento y la localización del área pivote o “heartland” (corazón terrestre, núcleo vital) –que primeramente realizó en 1904 y perfeccionó en 1919, tema sobre el cual he escrito en varias oportunidades-, el  connotado geógrafo inglés respondió: “siempre fue un concepto estratégico”. Con ello, Mackinder implicó que el panorama abarcado en su teoría del heartland era global, no entraba en pequeñeces territoriales ni se perdía en las ramas, en los menudos detalles.

No en vano su teoría permanece vigente hasta hoy y no solamente referida al Asia Central y su entorno -el heartland original de Mackinder- sino también ha sido aplicada en otros contextos, incluyendo Sudamérica y en particular, Santa Cruz de la Sierra, centro geopolítico del hinterland del Cono Sur, tal como lo predijo primeramente el brasileño Mario Travassos y luego lo divulgaron y adaptaron otros estudiosos del tema, el suscrito incluido.

Y justamente la concepción global, junto con  la idea general,  forman el  marco  básico del concepto estratégico, ahí radica su fundamental importancia. Sea que hablemos del concepto estratégico de defensa y seguridad, del concepto estratégico nacional o de cualquier otra configuración a nivel político, diplomático, militar o empresarial, la definición en grande de lo que se quiere, de lo que se pretende, de lo que se desea lograr como objetivo en base a los medios disponibles, ese es el concepto estratégico.

Pocas personas e instituciones tienen desarrollado un concepto estratégico. Muchas veces es más fácil ir de táctica en táctica, como el albañil que pone ladrillos uno por vez y tal vez por casualidad concluye un muro, en lugar de tomarse el trabajo de tener una visión global y tal como el arquitecto, imaginar la casa o el edificio, esforzarnos por ver lo grande y no lo pequeño, ponderando magnitudes o situaciones globales antes de actuar, antes de hacer. En la parte dinámica, eso implica la capacidad de adquirir movimientos propios, de tener un plan previo, algo evidentemente muy superior a la reacción frente a las circunstancias o a los actos emotivos frutos del momento y no del planeamiento racional, como hubiera sido preferible.

Los grandes pensadores de la historia, como también los genios militares, caudillos y políticos destacados, han sido justamente aquellos que lograron tener un concepto estratégico que los diferenciaba nítidamente de sus contemporáneos; eso les daba una  clara ventaja de maniobra frente a potenciales contendores, quizá igual o más talentosos, pero evidentemente menos previsores al no contar con un concepto estratégico propio.

Cuando un país,  una persona o una  institución se pierde en los laberintos sin tener un norte nítido como el de la brújula, cuando los movimientos son erráticos en lugar de haber sido previamente planificados, cuando se reacciona y no se ejerce acción propia, entonces la derrota, el fracaso, la pérdida, son inevitables, trátese de un simple juego de cartas, del ajedrez, de cualquier desafío, o de la gran estrategia nacional y mundial.

En todo campo, en todo aspecto de la vida, debe tenerse un concepto estratégico y si no se lo tiene, hay que crearlo. Hasta nuestra existencia cotidiana sería desastrosa sin un concepto estratégico; ni hablar de que lo que le sucede a empresas y pueblos enteros  cuando carecen de él. En el caso de Bolivia, nuestro balance histórico por la falta de un concepto estratégico está a la vista: tiempo y territorios perdidos, incertidumbres, dudas, divisiones, pugnas, atraso, dependencia, pobreza, marginalidad, etc. Resultado final: estamos casi en la cola de la lista mundial de naciones y al borde de ser un estado fallido.


Publicado en fecha: 21 de marzo de 2008
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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