ENTRE INICIATIVA Y  MEDIDAS PREVENTIVAS

Cuando se descarta la planificación de medidas preventivas, son muchos los riesgos que se corren. La falta de preparación frente a lo inesperado es una fuente permanente de sorpresas desagradables en la vida cotidiana, en los negocios y en cualquier clase de enfrentamiento. Sin tomar acciones mínimas de prevención, todo tipo de  gestión se enrarece. Lo que es peor, le deja al potencial adversario una importante jugada a su favor: la iniciativa, la capacidad de anticiparse.

En el mundo difícil del presente, prevenir  anda de la mano con la voluntad de iniciar. Es muy difícil comenzar algo si no se tiene al mismo tiempo iniciativa y preventiva.  Esto es válido para todo, desde lo más simple hasta lo más complejo. Si hervimos agua tenemos que tomar la iniciativa de prender el fuego y poner el agua, pero al mismo tiempo debemos prevenir que el líquido no se derrame del recipiente o que por hervir en exceso se evapore. Este burdo ejemplo nos da la pauta de la correlación entre lo preventivo y la iniciativa. Lo uno va con lo otro en todo tipo de acciones.

En el campo político-empresarial y en diversos aspectos militares es donde mejor se percibe la virtud de estar siempre dispuesto a ser el iniciador, el que pega primero o ataca primero. Pero a su vez  resulta imprescindible también -para el iniciante- que haya tomado la medida de prevención que corresponda para determinada situación. De ahí la ya conocida expresión “Plan B”, es decir, la segunda opción pre planificada si  es que la primera fracasa. Los más precavidos llegan hasta un Plan C, O Plan D, dependiendo de la complejidad de las operaciones y de los objetivos procurados.

En la vida real choca esta clase de planeamiento estratégico con la emocionalidad intrínseca del ser humano. Como se ha descrito en forma abundante, nosotros por un lado se supone que decidimos racionalmente pero por otro lado, la experiencia empírica señala que en contadas ocasiones prima solamente la razón, pues la emoción humana muchas veces resulta factor preponderante. En la teoría de los juegos y en las simulaciones de conflictos, el supuesto esencial es la racionalidad para que, de esa manera, el modelo brinde una conclusión matemáticamente lógica. En la vida real, la mezcolanza de emociones y raciocinios que refleja nuestra habitual conducta dificulta el horizonte; se  hace difícil lograr situaciones finales plenamente satisfactorias desde el punto de vista estrictamente racional.

Tomando en cuenta la debilidad humana en términos de emociones y la tremenda influencia que éstas pueden llegar a tener, debemos siempre hacer un esfuerzo constante para decidir con frialdad hasta en los momentos emocionalmente más difíciles. Sobre la base de dicha frialdad (adquirida con tenacidad y entrenamiento)  hay que sostener siempre la iniciativa mientras, simultáneamente,  se preparan medidas preventivas ante cualquier contingencia. Quienes logran este tipo de ejercicio, casi siempre terminan siendo los triunfadores. Los que se dejan arrastrar por otros sentimientos tales como emociones varias, amor u odio, o dejan de lado preventiva e iniciativa, serán los derrotados de siempre, los perdedores usuales, aunque sus propósitos sean nobles o mejores. Son las crudas realidades de la vida  individual y en sociedad. En esta última, ello sucede con la lucha política, la competencia empresarial  y en guerras o campañas de diverso tipo. Iniciar y prevenir son dos caras de la misma moneda. La racionalidad por encima de la emoción es el aditivo básico.


Publicado en fecha: 12 de diciembre de 2008
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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