DEMOCRACIA: SU FALTA DE SENTIDO ESTRATÉGICO

El geógrafo inglés Sir Halford John Mackinder (1861-1947), creador de la teoría del “heartland” (núcleo vital, corazón terrestre), es recordado por ese brillante concepto geopolítico hasta nuestros días. Pocos saben que también generó otros  valiosos aportes; algunos se encuentran en su libro “Democratic Ideals and Reality” (1919, Henry Holt & Co.)

Las grandes guerras de la historia –afirma Mackinder- son el resultado, directo o indirecto, del crecimiento desigual de las naciones. Y ese crecimiento desigual no solamente es producto de mejor inventiva o mayor energía, muchas veces surge de una inequitativa distribución de la oportunidad. La naturaleza no provee igualdad de oportunidades para las naciones; más bien provee un campo fértil para la gestación de imperios y/o de aspirantes imperiales organizados para propósitos de dominio. Si no los reconocemos, estamos perdidos; tarde o temprano seremos subyugados. Detectar anteladamente la organización de un proceso de dominación resulta entonces decisivo para el futuro, si pretendemos vivir en un mundo en paz y solidario. Ese no ha sido nunca el caso y tal vez no lo sea jamás: la democracia carece de sentido estratégico mientras los genios organizadores y dominadores sí lo tienen, señala Mackinder.

Estas expresiones de hace casi 90 años, nunca han sido ponderadas debidamente pese a lo irrefutable de los hechos. Ya en el período previo a la Segunda Guerra Mundial (1939-45), las democracias occidentales ignoraron el sentido malévolo de los autoritarismos en marcha que ocasionarían luego millones de muertos e incontables daños materiales. Me refiero a la Alemania nazi, la Italia fascista y el imperio del Japón. Ninguna de las democracias vio el peligro hasta que era demasiado tarde. Cuando reaccionaron, el costo de vencer a esas dictaduras fue terrible.

Más adelante, nuevamente la democracia se cegó e ignoró los totalitarismos explícitos de la Unión Soviética (URSS) y de la China, por citar a los mayores. Una vez más, los organizadores totalitarios superaron a los idealistas, quienes ignoraron lo que se gestaba en sus propias narices.

La democracia es ciertamente ideal, pero esa virtud puede ser trágica por carecer del sentido estratégico que sí tiene el totalitarismo. Todo canto de sirena que se apropia de la palabra “democracia” para transformarla en “revolucionaria”,  casi siempre se encamina hacia el fin de la democracia, hacia su misma negación. Lamentablemente, sucesivas generaciones -en escenarios globales y en escenarios más pequeños- tropiezan  con la misma piedra. El idealismo democrático impide ver la realidad, realidad que los organizadores  anti democráticos la tienen muy clara y llevan a cabo implacablemente.
Mackinder estaba convencido de las bondades del idealismo democrático, pero sugería añadir dosis enormes de realismo para que al mundo no lo tomen reiteradamente por bobo. Sin embargo, eso pasó: de los fascismos pasamos a los comunismos y socialismos revolucionarios, todos ellos despóticos o lobos con piel de oveja; se usó primero a la democracia para posteriormente destruirla.

El sentido estratégico de los  organizadores totalitarios brilla por su ausencia en los líderes democráticos. Es hora de reflexionar sobre la distancia entre  ideales democráticos y realidad. Si no lo hacemos, correremos peligro; tarde o temprano -en Bolivia o en cualquier parte del mundo-  estructuras organizadas se podrán catapultar hacia  una dominación totalitaria que arrastrará consigo -no les quepa la menor duda-  la destrucción de la democracia.


Publicado en fecha: 30 de mayo de 2008
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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