ENTRE DEFENSA Y ATAQUE

No siempre quien ataca es el verdadero agresor. Tal ataque pudo ser fruto de la desesperación, de la condición en que lo puso su eventual contrincante; tal vez no quedó más remedio que dar el primer golpe. Un típico ejemplo es el ataque  japonés  en el Pacífico a la base norteamericana de Pearl Harbour (7 de diciembre 1941) que precipitó el ingreso de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Tras el “ultraje al honor”, “la indignante sorpresa” y todo lo dicho desde Washington, incluyendo películas al mejor estilo Hollywood, la verdad es que EE.UU. hacía rato que venía ejerciendo sobre el Imperio del Sol Naciente un duro bloqueo económico, incluyendo desabastecimiento de petróleo más otros componentes esenciales para el normal funcionamiento de un país. Por su lado, los japoneses perseguían una política agresiva y expansionista en su entorno inmediato, con invasiones a China y Corea en busca de su “destino manifiesto” en Asia. Ya en agosto de 1941 periódicos británicos sostenían que el ingreso de Japón a la guerra “era cuestión de días”, debido a la tremenda presión sobre la economía nipona  del ahogo estadounidense.

Empero y como es casi mundialmente reconocido, el régimen de Tokio pasó a ser considerado el “agresor”, cuando en realidad respondió a una provocación previa que le estaba causando ingentes daños. El resto de la historia ya la conocemos: terminó con las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki de agosto de 1945. El Japón, derrotado y humillado, dejó de ser potencia militar o representar peligro alguno por ese costado. Poco a poco le llegaba (ya le está llegando) el turno a China. El dragón supo esperar; tiene más espacio propio y población que los nipones. Para 2.030 los analistas consideran que China será una superpotencia. Japón se ha conformado con ser potencia industrial; ni la guerra ni la conquista le interesan ahora, quedó fuera de la competencia en ese campo.

Por otro lado, está simplemente quien se defiende, el que recibe golpes y trata de devolverlos. Varios analistas militares coinciden en que la defensa inicia las acciones bélicas ¿Cómo es eso? Muy simple: si me pegan y no respondo, ahí termina la cosa; si me pegan y replico, entonces se armó la gresca. Así, pues, el acto de defenderse inicia las hostilidades propiamente dichas. Aquí también puede prevalecer la astucia de quien da el primer golpe; si lo calcula de forma tal de generar una reacción violenta, comienza el pleito y a partir de ahí todo dependerá de la estrategia de cada uno, de los medios disponibles para lograrla y de las típicas maniobras de iniciativa y sorpresa que a la larga generarán un ganador y un derrotado.

Vendrá  luego la discusión acerca de “quién fue el agresor”. Al que tira la primera piedra nunca se lo investiga; esta cuestión se pierde en el fondo del origen de la pelea. Podría pasar tiempo hasta que se descubra al verdadero responsable, al iniciador del conflicto. Muchas veces la culpa radica en una falsa paz previa; además, tratados injustos pueden generar guerras justas. En definitiva, la cuestión de atacar y el acto reflejo de defenderse son dos maneras de ver las cosas, dos formas de enfrentarse en una lucha de cualquier tipo. Depende de qué lado esté uno para sentirse atacado (“víctima”) o ser el “abusivo”, el que pega primero.


Publicado en fecha:
26 de septiembre de 2008
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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