UNA BASE EFECTIVA DE UNION: GOBERNAR PARA TODOS

La Organización de las Naciones Unidas inició sus tareas en octubre de 1945 con 51 miembros. Con la reciente incorporación del último desprendimiento de la antigua ex Yugoslavia que aún permanecía unido a Serbia (Montenegro) la ONU pasó a tener 192 miembros, casi cuatro veces más que al ser fundada. Solamente en los últimos 15 años hay más de una veintena de países que se han incorporado y la lista puede seguir creciendo, sobre todo si estados fallidos o a punto de colapsar, siguen sin tener liderazgos eficaces, terminando  así por fragmentarse y generando nuevas unidades políticas.

Al final y como se ha reiterado en otros contextos, la base de la existencia continua del estado no reposa en su control formal sobre determinado territorio ni en la manutención de una fuerza armada organizada. La continuidad de un estado depende -esencialmente- de la legitimidad de su mandato, de su capacidad de generar una buena situación económica y de su capacidad para reconciliar diversos aspectos étnicos y religiosos, como también de satisfacer aspiraciones nacionales y regionales. En otras palabras: visión estratégica sin sesgo alguno y eficacia, son los patrones fundamentales. Sin visión estratégica, el gobernante blanco mira al blanco, el negro mira al negro, el mestizo al mestizo, el indígena mira al indígena y así sucesivamente. Sea cual sea el origen étnico-racial del gobernante de turno, él tiene que velar por todos y cuidar por todos, sin querer establecer dominios parciales o totales de ninguna naturaleza de unos sobre otros, resaltando al mismo tiempo los elementos comunes y no los que separan. De esa forma, el gobernante será no solamente legal, sino –lo más importante- generará su propia legitimidad, la aceptación de ser bueno, de estar haciendo lo correcto para todos los miembros de la sociedad. Elemento vital de refuerzo del sistema político, la legitimidad no siempre es bien comprendida y frecuentemente se la confunde.

Las “revoluciones” y las “refundaciones” no tienen mucho sentido en una democracia. La revolución o es revolución o no lo es y punto. No cabe en democracia, donde sí –como ya lo manifesté antes- tenemos posibilidades enormes de generar cambios profundos sin salir del sistema ni romperlo, lo que sí ocurre con una revolución. Por otro lado, a un país se lo modifica, se lo transforma, pero no se lo “refunda”. Con todo lo bueno o malo que arrastre en su historia, el estado –la nación jurídicamente organizada- está ahí desde su inicio y también punto. Así de simple.

Es importante rescatar algunas de estas ideas de aplicación global en el momento presente de Bolivia, sobre todo cuando se habla tanto de etnias, razas, “estado plurinacional”, “revolución democrática”, “refundación de la república” y demás elementos, muchos de ellos fuertemente centrífugos y que solamente fogonean el divisionismo, aunque se alegue lo contrario. En cambio las autonomías, que está probado contribuyen enormemente a la preservación de la integridad de una entidad política, son satanizadas y puestas en la picota como las “culpables”. El verdadero culpable es el que fomente situaciones de potencial fragmentación o las reitere con acciones o hechos. Sea gobierno, sea oposición, sea la simple ciudadanía, el que manipule demagógicamente la unidad mientras prepara subliminalmente lo contrario, es y será el verdadero culpable. Ojalá el panorama cambie. El gobierno tiene que dar el ejemplo con un giro en sus acciones, ya bastante sesgadas hacia algunos grupos en particular y donde, por tanto,  se está perdiendo la visión estratégica nacional que se precisa para manejar un país diverso en su unidad y para solidificar esta unidad, no para debilitarla.


Publicado en fecha: 2 de febrero de 2007
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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