SIGUE EL PESO DE LA PÉSIMA INFRAESTRUCTURA

Hace muy poco (el pasado mes de enero) me referí al terrible peso de la deficiente infraestructura boliviana. En la hora presente –por lo pésima que es y con el agravante de las precipitaciones pluviales–  dicha infraestructura ha colapsado en los cuatro puntos cardinales, dejando al país sin comunicaciones adecuadas y al llamado “eje central” (La Paz-Cochabamba-Santa Cruz) bastante “descentrado”. Ni hablar del resto del territorio.
El exceso este año en lluvias (de todas maneras es la temporada) se lo atribuye al "Niño" y puede que así sea, pero en este progresivo cambio climático que ya aflige y preocupa a la comunidad internacional, creo que mucho tiene que ver también –por lo menos en valles y llanos bolivianos– la deforestación indiscriminada de los últimos años, la falta de adecuadas políticas de rotación de cultivos, etc. En aras de un pseudo progreso, se sacrificó toda posibilidad de desarrollo sostenible, por lo menos en la periferia de los centros urbanos y suburbanos.  Ahora se pagan las consecuencias.

El tema más preocupante en todo esto, empero, es recurrente y creo que me he referido a él en más de mil ocasiones: la endeble infraestructura boliviana, casi siempre paupérrima por diversos y oscuros motivos que jamás son investigados ni tienen castigos. La infraestructura boliviana es tan frágil, que  hasta parece un simple castillo de naipes: al primer soplido se cae todo. Y esto no pasa en el resto del mundo, donde ciertamente también hay catástrofes y algunas veces caminos, puentes y terraplenes pueden colapsar, pero no siempre, como sucede acá año tras año, temporada tras temporada.

Que yo sepa, Bolivia es el único país donde cualquier lluvia, cualquier riada, destruye automáticamente la infraestructura, obviamente, por haber sido ésta mal construida y muy débil. Seguimos ostentando el triste “record” de tener los peores caminos de América y ni así se escarmienta. La cosa sigue y sigue; cada obra nueva que se inaugura tiene su día más glorioso ese día; luego inicia su deterioro por estar mal hecha, por no tener mantenimiento o sencillamente por que la propia gente que usará la ruta no la cuida y la estropea (caso de los permanentes bloqueos con piedras y otras contundencias).

Reitero: los caminos de este desventurado país nuestro son los más malos del continente y aún así presumimos de ser "tierra de contactos". Ni entre nosotros  podemos contactarnos, menos hacia afuera y como vínculo interoceánico…

De seguir como estamos, creo que más bien se cumplirá mi lóbrego vaticinio de 1999 expresado en un foro de ex cancilleres y que provocó la hilaridad -con sentimiento compartido- de mi gran amigo y colega acompañante en esa ocasión, José Ortiz Mercado, hoy sensiblemente fallecido. Decía entonces este columnista que Bolivia estaba convirtiéndose en una especie de “agujero negro", tal como los de las galaxias, un lugar por donde no se puede pasar ni adonde se puede llegar y que ante esa penosa situación,  todo el mundo trataría de esquivar a Bolivia, con el fin de evitar su mala infraestructura y no sufrir por su maníaca tendencia a bloquear caminos. Como nadie escucha ni lee hasta que es demasiado tarde, esto ya está sucediendo; hoy hay corredores bioceánicos por debajo y por encima de la frontera boliviana y con ello, viene el peligro de quedarnos aislados y no ser nación bisagra y de nexos, nuestro rol histórico y geográfico.

Mientras, el pueblo boliviano es el más castigado por la mala infraestructura. Los pudientes viajan en avión y los gobernantes en helicópteros venezolanos. ¿La gente humilde? Sufriendo en silencio y aguantando; no le queda otra.


Publicado en fecha: 16 de febrero de 2007
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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