ENTRE PROFETA Y  ESTADISTA: EL DILEMA DEL LÍDER

En su clásica obra “Un Mundo Restaurado” (Fondo de Cultura Económica, México 1973) Henry Kissinger nos narra magistralmente los entretelones del Congreso de Viena (1815) convocado tras la caída definitiva de Napoleón Bonaparte. El autor comenta  la manera en que los grandes líderes europeos de la época delinearon un orden, un inteligente equilibrio que -basado en el concepto de balance de poder- permitió muchos años de paz en un continente que clamaba por ella luego de décadas de convulsión desde el inicio de la Revolución  Francesa (1789).

Pero al margen de lo interesante del relato de Kissinger, una de las partes de actualidad es aquella donde diferencia entre estadista y profeta. El profeta  sería aquel que está más interesado en “profetizar” mediante ardides de popularidad o mediante su legítimo carisma pero al que, en definitiva, le interesa conquistar masas y mentes más allá de sus resultados como administrador, históricamente bastante pobres en casi todos los casos de este tipo. Por otro lado, el estadista no aspira a la popularidad ni al frenesí de las masas, pero sí procura el bien común, el genuino cambio cualitativo de su sociedad para hacerla progresar, para lograr una positiva evolución. Piensa con sentido prospectivo, con visión de futuro y amplitud estratégica;  el estadista hace lo difícil, no lo simple o lo meramente oportuno. como es habitual en el profeta. Para el estadista, su  legítima ambición se basa en qué se dirá  de él y de sus obras en los días que vendrán; el estadista no vive del fácil aplauso de hoy, maná que sí es imprescindible para el profeta de turno.

Es mucho más sencillo aspirar a ser profeta que a ser estadista. Unas cuantas poses populistas, palabras conmovedoras, grandes concentraciones, reparto de lo poco que hay sin pensar en el futuro, etc., etc., son algunas de las expeditivas recetas de los aspirantes a profetas. El trabajo duro, la objetiva apreciación de las cosas, la búsqueda de un progreso basado en el orden y las instituciones, es el fundamento del estadista. Y esta última tarea es obviamente mucho más ardua, mucho más sacrificada, pero a la larga, mejor recompensada y durable.

Los Ayatolás, los Fideles, los Mugabe, los Chávez de esta nuestra era, ¿Qué dejarán al final de la historia? Poco, muy poco; apostaron a ser profetas y evidentemente lo fueron, lo son o lo serán, pero perdieron –o perderán-  en el largo plazo la apuesta verdadera: ser estadistas para beneficio de su pueblo y de las generaciones del mañana.

El presidente Evo Morales se encuentra aún en un punto de inflexión,  en esa imaginaria pauta matemática a partir de la cual se asciende o se desciende irreversiblemente. Hasta el momento, por amistad con otros profetas, por imitación o por simple ideología, ha preferido ser uno de ellos y dejar de lado al estadista.

Está en manos de S.E. iniciar la tarea de transformarse en estadista, para su propio beneficio y el de la nación. Los primeros indicios nos señalan que el camino del profeta parece ser incambiable, pero la esperanza –esa pequeña virtud que  cuando se soltaron pestes y pecados quedó encerrada en la Caja de Pandora- nos hace pensar que quizá y antes de que sea demasiado tarde, Evo Morales  llegue a transitar por el camino del estadista, para que en lugar de dividir, fraccionar y confrontar, una a Bolivia, a bolivianos y bolivianas de todas las razas, costumbres y colores, en una nación única bajo el sol, soberana, independiente y en progreso, con futuro y sentido positivo de la vida. Está ahora en sus manos,  en las de él y solamente de él, decidir ser estadista y alejarse del aprendizaje fácil de profeta. Si es así, el futuro inmediato de la Patria será venturoso. Caso contrario, podrá llegar a ser desastroso.


Publicado en fecha: 29 de junio de 2007
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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