EL TERRIBLE PESO DE LA MALA INFRAESTRUCTURA

La revista “América Economía” lleva como nota de tapa en su último número (334) el “peligro de derrumbe” de la infraestructura latinoamericana y sus graves consecuencias sobre la competitividad de la región, de suyo baja frente a otras zonas del mundo (India, China, Vietnam) de mucho mayor y más sostenido crecimiento.

Al margen del interés intrínseco de la nota, lo alarmante para Bolivia es que en todos los niveles de infraestructura nuestro país aparece en los últimos lugares. Sobre un puntaje ideal de 100 (EE.UU. tiene 97,96) Chile ocupa el primer lugar latinoamericano con 83,38 y Bolivia el puesto 20 con 34,52, superando apenas a Belice, Nicaragua y Haití.
En el rubro transportes, la cosa se pone peor: Bolivia ostenta el último lugar mientras Chile sigue ocupando el primero.

En telecomunicaciones, agua y electricidad, los cuadros acerca de la posición boliviana son también deprimentes.

Vengo predicando desde hace décadas la necesidad de mejorar las comunicaciones e infraestructura bolivianas de todo tipo. En realidad, este elemental proceso debería formar parte esencial de la plataforma de cualquier gobierno, pero nadie gana elecciones diciendo que va a construir  cloacas, sistemas  de agua corriente o carreteras... 

Tal vez por eso las obras se hacen a cuenta gotas, siempre en busca del negocio o de la oportunidad, no de la real necesidad. Asimismo, como repetí “n” veces, el día más glorioso de cualquier obra pública en Bolivia es el de su inauguración, ya que al día siguiente comienza su implacable deterioro por estar mal construida o por no tener adecuado mantenimiento. Así siguen las cosas en este ya avanzado tercer milenio y, francamente, no le veo solución a corto plazo.

Para colmo, la manía “bloqueadora” del reciente pasado y del presente actual tiende incrementarse y no a disminuir, con lo cual Bolivia bien podría llamarse “Bloquivia” y echar por los suelos sus legítimos anhelos de ser tierra de contactos y de gravitaciones múltiples mediante rutas bioceánicas previstas, inclusive, por la Iniciativa para la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA).

No debe olvidarse que en el tema de los corredores interoceánicos hay muchos intereses económicos y nadie quiere arriesgar su carga a un paso incierto por territorio boliviano donde –aunque hubieran excelentes caminos- la probabilidad de bloqueos es muy alta. Transportistas y productores preferirán otras alternativas. Así son las cosas y no hay que cegarse.

Es muy difícil –prácticamente imposible- pensar en un desarrollo acelerado sin fuertes inversiones en infraestructura de calidad. Y esto es lo que necesita Bolivia, imperiosamente, para no seguir en las listas más lamentables de la economía regional y mejorar su débil competitividad.

Se sabe cuáles son las tareas pendientes. Hay que ir -como decía el filósofo español José Ortega y Gasset- “a las cosas”. Un programa sencillo pero ambicioso y que contemple la extensión y mejoramiento  de la infraestructura nacional en todos los niveles, deberá forzadamente contar con el concurso del sector privado. Cabe esperar que eso lo entienda la actual administración, tan proclive a manejar todo mediante el Estado, entelequia que ha probado sobradamente su ineficiencia pero sobre la cual se insiste  ahora en su manejo por razones de “soberanía”. Yo soy más soberano cuando tengo mayores márgenes de autonomía, no cuando acaparo cosas sin poder hacer nada eficazmente. Esta, por lo menos, mi modesta opinión sobre el tema.

Mejorar la infraestructura es hacer Patria. Que se la haga de verdad y ¡ya!


Publicado en fecha:
5 de enero de 2007
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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