SISTEMAS DE GOBIERNO: VIEJAS PERO VIGENTES IDEAS

El alemán Theo Stammen en su "Sistemas Políticos Actuales" (Editorial Guadarrama, Barcelona), ofreció una visión didáctica que pese a los años aún sirve como referencia, sobre todo ahora que estamos “ad portas” de una Asamblea Constituyente que podrá definir las pautas de la Bolivia del futuro si se hacen bien las cosas o, confío no sea el caso, terminará creando más problemas que los existentes si surge un mamarracho.

Preguntarse por el sistema de gobierno de un Estado no  significa otra cosa que preguntar por el modo y manera cómo ese Estado es gobernado. Aquí cabe recordar que la palabra "gobierno" deriva del latín "gubernare" (dirigir, pilotar) y ésta del griego "Kibernan" que a su vez dio origen a la palabra "ci­bernética", denotativa de los procesos de orientación, control y gestión, propuesta por el francés Ampére y retomada luego por el matemático nortea­mericano Wiener. De ahí entonces que la figura de "la nave del Estado" ha estado siempre presente en la literatura política.

Una sociedad ordenada políticamente no es ninguna aglomeración suelta de seres que poco y nada tienen que ver entre sí; hay que tener en cuenta que esos seres forman una agrupación que tiene oríge­nes, concepciones y juicios de valor comunes. Sin esa base de mínima concordancia, una comunidad tendría sus días contados. Asimismo, es vá­lido pensar en dos formas de integración política: la total, en la cual estado y sociedad son idénticos,  -que en último término deviene en totalitarismo- y la integración política parcial, además de la cual hay numerosas y voluntarias maneras de integración social con valor propio.

    Resultarían, pues, dos tipos de sistemas de gobierno:         
  1.- SISTEMA CONSTITUCIONAL
     a) División de poderes, estructura pluralista del   poder.
     b) Formación abierta y pluralista de la voluntad política.
     c) Integración política parcial.         
  2.- SISTEMA AUTOCRÁTICO
     a) Concentración de poderes, estructura monista del poder.
     b) Formación monopolizada de la voluntad  política.
     c) Integración política total.

Lo que propone Stammen no es nada  novedoso.  Lo interesante es  su forma tan simple de clasificación. Al referirse a los gobiernos de las democracias occidentales, hace un recuento detallado del sistema parlamentario y explica como funciona éste en Europa. Prosigue analizando el sistema presidencialista (cuyo paradigma es Estados Unidos) y luego se refiere a “las imitaciones del sistema presidencialista en los países lati­noamericanos". Añade que el mero calco exacto de institucio­nes no garantiza un adecuado funcionamiento.

Stammen considera que pese a las innumerables "reformas constitucionales", las Cartas Magnas latinoamericanas han seguido siendo básicamente las mismas, con la evolución y agregados que trajo el tiempo. El modelo fue siem­pre presidencialista con una situación especialmente fuerte del Ejecutivo. Jus­tamente este motivo  invalidaba la adopción del modelo para las naciones de Europa Occidental,  pero lo hizo terriblemente atractivo para América Latina. La herencia del régimen hispano monárquico y absolutista, influyó determinantemente. El Presidente pasó a ser una suerte de "Virrey Constitucional", de Virrey por elección.

Frente al Presidente está el Congreso con una o dos Cámaras y también, siempre de acuerdo al modelo norteamericano, existe una Corte Suprema de Justicia. Insiste Stammen en que más allá de estas seme­janzas formales, las diferencias con EE.UU. son enormes. El equilibrio de los poderes políticos, decisivo para el éxito de un sistema presidencialista, prácticamente no existe. En América Latina, el presidente está casi siempre en situación de do­minar al Parlamento y hacerlo dócil a sus deseos.

En fin, una vez más, nos encontramos en Bolivia ante una situación en la cual hay que plantearse la cuestión fundamental del desarrollo político. Mucho se ha hablado en Bolivia de desarrollo social, económico y de otros "desarrollos". Poco y nada del desarrollo político como proceso que lleve a la sociedad a sus fines últimos, al llamado "bien común", al fortalecimiento participativo en un marco de integración voluntaria que respete pluralidades, costumbres y etnias,  con todos los ciudadanos iguales ante la ley.

La nueva coyuntura trae consigo sentimientos de duda y esperanza. Duda, porque no sabemos si Bolivia con sus precarias y jóvenes instituciones democráticas será capaz de sobrellevar el peso de mayores alquimias políticas; esperanza, porque todos deseamos tener una Bolivia pluralista, estable y justa, sea cual sea la cos­movisión e  ideología de unos y otros. Este es el desafío de la Constituyente.

Los próximos meses nos dirán si somos capaces de enfrentar el fu­turo por la vías armónicas del consenso o seguiremos el camino de desencuentros que ha signado a la historia política nacional.

 

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