ACERCA DEL “MOTOR DE LA HISTORIA”

Existen variadas interpretaciones en torno al título de esta nota. Ciertamente, la más conocida es la teoría marxista de la lucha de clases: la violencia termina siendo el motor de la historia y a partir de allí se generan los acontecimientos que transforman al mundo.
Sin entrar en detalles (la brevedad del espacio no lo permite), reitero una vez más que hay muchas otras interpretaciones acerca de lo que es la fuerza motora de la historia.

Algunos creen que son las guerras, otros las ideas, las fuerzas económicas, la acción de unos pocos grandes individuos y hasta el sexo entra en juego. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, sublimó al instinto sexual como el elemento motor básico de la conducta. No faltan quienes dicen que el sistema límbico es lo que nos hace proclives a la violencia y de ahí la tendencia a pelear, a agredir, que pareciera llevar consigo la raza humana. Como ven, hay explicaciones que pueden ir desde lo filosófico hasta lo fisiológico en esto del motor de la historia. Las opiniones siguen divididas hasta hoy y probablemente lo seguirán en el futuro.

El tema del motor de la historia tiene su importancia y no solamente por la fascinante complejidad del fenómeno sino por las imágenes internalizadas que deja en cada uno de nosotros la adscripción (o no) a alguna de las corrientes predominantes. Un activista marxista sentirá como “natural” el conflicto y verá todo aquello que se interponga en su camino como algo que debe ser “liquidado” para seguir adelante con sus objetivos. En este caso, postulados tales como “democracia”  o “estado” no tienen mayor sentido: pasarían a ser “connotaciones burguesas” del “orden dominante”, orden que justamente se debe erradicar para crear el propio y aplicar su también propia convicción.

Con la caída del comunismo en 1991 que trajo consigo el colapso de la hasta entonces poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), no faltaron quienes –como Francis Fukuyama– opinaron que se había llegado al “fin de la historia”: el derrumbe comunista inauguraba una era plena de nuevas oportunidades. Para el académico norteamericano de origen japonés, el motor de la historia es la búsqueda del reconocimiento y  la competencia; el liberalismo se daría en forma natural. En una sociedad democrática el capital social constituiría la base de la formación de las instituciones. La confianza en las mismas generaría la fortaleza necesaria para que el sistema evolucionara hacia la igualdad de todos los seres humanos. La democracia liberal es para Fukuyama el único sistema político dinámico. Desde ya, este punto de vista es radicalmente distinto del de un marxista convencido y ahí es donde una comunidad  puede entrar en problemas, sobre todo cuando conviven las dos maneras de enfocar las cosas, las dos formas de  interpretar el motor de la historia.

En oposición a lo planteado por Fukuyama, el ser humano no puede vivir “al fin de” y  sin una teoría, sin el sostén de una concepción del mundo, una concepción hasta de si mismo y de hacia dónde va.  Pero por otro lado, cuando hay antagonismo, las cosas se complican; se puede llegar a la violencia,  a lo que predicaba Marx.

Entre el pensamiento liberal occidental y el pensamiento marxista, aunque en el principio ambos hayan bebido de las mismas fuentes, hay pues notables diferencias, Algo parecido ocurre cuando en un país se enfrentan ideologías irreconciliables. Hasta palabras idénticas pueden tener  significados diferentes, según sea la posición respectiva.

Que cada cual saque sus propias conclusiones con respecto a lo que ocurre actualmente en nuestra Bolivia, pero en mi caso al menos, rehúso  aceptar que hoy en 2006 la violencia sea el motor de la historia. Mejor es el entendimiento constructivo, pilar básico de una nación si es que  pretende avanzar unida en su diversidad y mirando  positivamente hacia el futuro.

 

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