MALO: AL FINAL NO HABRÁ PRE CONSTITUYENTE

A veces puede resultar pedante el estar afirmando “ya lo dije” o “yo lo dije” pero en algunas ocasiones es bueno recordarlo, sobre todo cuando se trata de cuestiones trascendentales. Y nada puede ser más importante para una nación que una Asamblea Constituyente que determinará el tipo de país que se quiere, el conjunto de reglas del juego que la nación tendrá en el futuro para lidiar con éxito –o fracasar miserablemente– en este Siglo XXI. Y sin embargo, la Constituyente casi es tomada a la chacota como antro de politiquería o, simplemente, sirve de hervidero de cosas por “cocinarse”.

En este sentido, afirmaba este columnista en marzo de 2005 que “desde los asuntos más serios hasta lo más disparatado, todo se lo quiere mandar a la Constituyente.  A este paso, la Asamblea que se instalará será una especie de gigantesca y bullanguera marmita a la que se le han agregado tantos temas por tratarse que, en lugar de ser el punto de partida para fundar un nuevo país, puede transformarse en  una fatídica olla de Mongolia, como ese típico plato chino formado por retazos de lo que cae en  un recipiente con agua hirviendo puesto en frente de los comensales, quienes al final se comen todo lo que hay adentro sin mayores discriminaciones. No, eso no puede ser, creo que la Asamblea Constituyente debe ser otra cosa”.

Seguidamente manifestaba que “todo estado nacional organizado es más, mucho más que un simple papel. El estado es espacio, territorio, medio ambiente y población, con todo lo que ello acarrea en materia de recursos naturales y energéticos. El estado es algo dinámico y no meramente formal. Esta clara distinción refleja que toda Asamblea Constituyente debe también tomar en cuenta aspectos de naturaleza geopolítica, o sea,  la relación entre geografía, poder político y los vínculos entre población y suelo. La letra muerta de nada sirve sin el confronto con esa realidad”.

Agregaba que, “el llevar todo a la Constituyente como si fuera la mencionada marmita cuyo brebaje "mágico" solucionaría los problemas del país, no me parece lo más sensato posible. Más bien agravaría dichos problemas.  Hay que proceder con cordura, pues se trata de crear las bases de una flamante y vigorosa Bolivia, no de  ensamblar un gallinero donde todos riñan y discutan para llegar a crear (si se crea) un frustrante  mamarracho”.

Concluía sugiriendo la necesidad de una asamblea pre constituyente que analice y discuta los diversos proyectos de ley y de cambios constitucionales, sus adaptaciones a la realidad vigente, etc. para que así el trabajo de la asamblea sea más coherente y preciso, mejor encasillado en su accionar.

Pues, bien, a poco tiempo de las elecciones de constituyentes, nada se hizo y nada se hará. Lo único que cabe esperar es que el año que duren las deliberaciones, una especie de espíritu santo de la política ilumine y brinde sabiduría colectiva a los constituyentes que hayan sido electos, para así poder evitar el desastre. Por ahora y en base al vendaval de entrada de propuestas –desde lógicas hasta absurdas– para la  Asamblea Constituyente, ésta ha de tratar todo lo verosímil y lo inverosímil, lo posible, lo utópico, lo realista y lo demagógico. Exactamente lo contrario de lo que, yo por lo menos, esperaba. En fin, que Dios salve a Bolivia, como siempre lo hace a último momento, pero no sin antes hacernos sentir el peso de nuestros propios errores.

 

 

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