PREOCUPANTE: LEGITIMIDAD HORIZONTAL

HACIA EL COLAPSO

El 12 de mayo  pasado manifesté mi preocupación por la percepción objetiva de una legitimidad horizontal cada vez más débil. Varios meses después tengo que admitir que el fenómeno se ha incrementado y puede llegar a niveles de colapso, lo cual ciertamente no es nada bueno.

Desde 2004 he venido comentando en varias ocasiones acerca de los importantes conceptos de legitimidad vertical y legitimidad horizontal, en el amplio marco  de la legitimidad global de una sociedad organizada.

La legitimidad horizontal tiene que ver con la fortaleza de la sociedad expresada en el nivel de cohesión, aceptación y tolerancia entre diferentes grupos y comunidades dentro del espacio de la comunidad.  Por otro lado, la legitimidad vertical tiene que ver con la relación entre gobernantes y gobernados; da la pauta de su fortaleza o de su debilidad. Al respecto, en Bolivia tuvimos una legitimidad vertical muy débil hasta el 18 de diciembre de 2005 y actualmente ella es fuerte; nadie puede discutir la legitimidad vertical que emana del mandato del actual gobierno. El problema radica en que es esa misma legitimidad vertical –ahora sólida- la que fogonea negativamente a la legitimidad horizontal, de suyo más frágil,   sin percibir que un estado puede colapsar por la erosión de alguna de sus dos legitimidades, ya que ambas interactúan y se refuerzan mutuamente, en particular la legitimidad de mando (vertical) con respecto a la legitimidad étnico-territorial (horizontal).
La Asamblea Constituyente poco ha hecho de útil hasta el momento, salvo el sembrar nuevas fisuras en torno a la legitimidad horizontal, ahondando -en lugar de achicar- las diferencias entre pueblos y regiones. Lo propio acontece con el Poder Ejecutivo, cuyas buenas intenciones nadie desconoce pero sus esquemas de regionalización y el énfasis desmesurado en lo indigenista, están acarreando dificultades y traerán serios inconvenientes.

            Muchas veces, políticas discriminatorias, mal llevadas a cabo o simplemente ineficientes, achican la lealtad de los pueblos y los dividen a lo largo de lineamientos raciales y regionales, acelerando así el posible derrumbe. La carencia, pues, de legitimidad horizontal es el principio de la desagregación; el que quiera mantener una unidad política debe hacer lo posible por revertir dicha falta de legitimidad, no por hacerla crecer.
A ello agreguemos que Bolivia no está en el contexto internacional en la mejor de las situaciones. En la escala de estados fallidos a problemáticos, ostenta un índice de 82.9 mientras Sudán (número uno de la lista) tiene un índice de 112.3 y  Haití 104 (http://www.fundforpeace.org).

Comentarios y análisis internacionales auguran sobre Bolivia nubes amenazadoras en torno a potenciales intervenciones foráneas directas o indirectas, enfrentamientos entre diversos grupos, etc. Agréguese a ello la sumatoria de otros indicadores que  se utilizan en la categorización de estados débiles a punto de ser fallidos. Mayor razón para andar con cuidado, para evitar el probable colapso.

El actual gobierno se parece a aquel personaje que recibe en buena ley (ganó las elecciones indiscutiblemente) una casa modesta pero con buenos cimientos, aunque con carencias y desigualdades entre sus moradores. En lugar de superar los problemas, generar igualdad de oportunidades y apuntalar la casa, el nuevo dueño –con su afán transformador- comienza a crear rivalidades entre los moradores, comienza a hacerle agujeros a la casa por todas partes para debilitarla o, peor, destruirla tal vez sin darse cuenta. De otra manera no se explica esta manía de vivir creando problemas. La última complicación ahora es un proyecto de regionalización que prácticamente descuartiza a los departamentos y promueve un esquema "plurinacional" en lugar de cimentar el concepto de nación, de una macro identidad común que nos una a todos -como bolivianos- en la pluralidad y en la diversidad. Aún hay tiempo, pero el reloj avanza y no necesariamente a favor. Si cae la legitimidad horizontal, de poco servirá un poder vertical legítimo frente a un país en vías de fragmentación y con regiones en potencial rebeldía.

 

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