LA DIFICULTAD DE PREDECIR EL FUTURO

Desde la más remota antigüedad, el ser humano ha intentado conocer de antemano el futuro. Desde oráculos hasta astrólogos, todos eran consultados para otear el porvenir, para saber lo que sucedería en los días, meses o años venideros. Gran parte de las predicciones eran fallidas, subjetivas o intencionadas. Casi nunca tuvieron éxito.

Pasó el tiempo y vino la era de los “futurólogos” cuyo paradigma en el Siglo XX fue el famoso Herman Khan (1922-1983), investigador norteamericano  del Hudson Institute y de la Rand Corporation. Pese a sus complicados modelos matemáticos de extrapolación y a su famosa obra “el año 2000” (1969), Khan tampoco acertó mucho.  Luego de él han continuado los modernos Cassandras tratando de explicar al mundo lo que vendrá. En algunos casos, la tendencia estadística puede ser bastante acertada para la predicción de un fenómeno, pero en la inmensa mayoría de los casos (incluidas las previsiones del tiempo) la introducción sorpresiva de variables no deseadas, que surgen inesperadamente, da por tierra hasta con los mejores pronósticos.

La verdad es que es y será muy dificultoso imaginar y plantear escenarios futuros, sobre todo porque la prospectiva humana nace y se hace a partir de la realidad del presente; ello oscurece el análisis con la natural parcialidad del momento que se vive. Sin ir muy lejos, no creo que los hermanos Wright hayan imaginado que su maravilloso invento (el aeroplano) antes de cumplir un siglo ya hubiera tenido avances tan impresionantes. Que los Wright hubieran pensado en viajar en aviones supersónicos, en aviones con televisión, comidas, baños, bebidas y hasta entretenimientos, es casi –valga la expresión- inimaginable. Hace apenas 40 años no sospechábamos que hoy en el tercer milenio podemos despachar documentos y fotografías por correo electrónico y que una gigantesca base informativa (Internet) y de comunicaciones instantáneas, se encuentra permanentemente a nuestra disposición.

Por otro lado, el futuro ha tenido serios visionarios, siendo uno de ellos el famoso Jules Verne. Sus clásicas novelas nos transportaban en globos, nos llevaban al centro de la tierra, por el espacio estelar hacia la luna y nos mostraban el mundo submarino con la más moderna tecnología (el “Nautilus”), por citar solamente algunas de su genialidades.

Anteriormente, se dice que el gran genio del Renacimiento Leonardo Da Vinci  imaginó y diseñó diversos artefactos del futuro, aviones incluidos. Son iluminados, hombres excepcionales que pasaron por la historia pero, en general, el futuro sigue y seguirá siendo un libro abierto con páginas en blanco; es prácticamente imposible su  certera predicción.

Lo anteriormente expresado no quiere decir que no hagamos nada. Todo lo contrario: debemos seguir esforzándonos por tener espíritu prospectivo, por imaginar, calcular y planificar el futuro. Con aciertos y errores, planear es siempre mejor que no hacer nada. Además, hay temas acuciantes –especialmente en el contexto ambiental- que ya no precisan de la futurología; son hechos que con seguridad se producirán, tales como el calentamiento global. Hay que ir trabajando, pues, para evitar los hechos malos y acicatear los positivos.

En esta maravillosa aventura del porvenir, el hombre sigue todavía el derrotero de nuestros ancestros: ansiando siempre conocer su destino pero sin saber que pasará, sin poder conocer a ciencia cierta lo que vendrá. Y tal vez así sea mejor; el desafío instantáneo tiene también que tener respuestas instantáneas.  Enfrentar los desafíos es la medida de la “fuerza”  y de la permanencia de las civilizaciones, como acertadamente lo manifestó el gran historiador británico Arnold Toynbee.

 

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