JUBILACIONES: ¿SE JUSTIFICA INMOLARSE? HUM… TAL VEZ

En marzo de 2004 el país se vio sacudido por un terrible hecho: Eustaquio Picachuri, minero retirado, se mató con una carga de dinamita pegada al cuerpo y nada menos que en las puertas del Congreso Nacional. Con su demencial acto, mató también a tres inocentes y dejó heridas a diez personas, algunas mutiladas y otras con secuelas graves.

En forma demagógica, diversos medios hablaron de “inmolación” y no de terrorismo, que en definitiva fue lo que sucedió, ya que inmolarse significa morir sin perjudicar a nadie y por el bien de los demás, algo difícil de explicar en el caso que nos ocupa y ante tantas víctimas.

El pobre Picachuri optó por ese acto criminal, según explicaron los propios familiares, ante su desesperación por la lentitud de las tramitaciones para proceder con su jubilación.

Sin justificar en lo más mínimo lo hecho, ahora y con mi propia experiencia, tengo que admitir a regañadientes que se justifica quizá el uso del término “inmolarse”, por lo menos entre comillas y sin muertes, sobre todo si eso puede servir de ejemplo ante las insensibles autoridades encargadas de la jubilación quienes, en lugar de atender favorable y expeditivamente a quienes dieron su vida por el trabajo e hicieron aportes, los tratan como a mendigos o sospechosos de “aprovecharse”.

Para comenzar, no se puede realizar ningún trámite en La Paz sin la presencia de un consabido “gestor”, usualmente caro y que aparte del precio pactado luego pide interminables sumas extras so pretexto de “aligerar” los procesos. De partida, el pobre candidato a jubilado ya es víctima del centralismo por un lado y de terceros por el otro. A todo esto, viene luego el calvario de conseguir en todas las reparticiones donde se ha trabajado los certificados correspondientes. Si se llega a culminar esa etapa, se entra ahora a la llamada “calificación de años de servicio” (CAS) que, en manos de un frío burócrata,  es reducida al máximo y casi siempre se termina con un cálculo muy por debajo de las expectativas del potencial jubilado. De haber queja, le dicen que el tratamiento fue “automático” y debe presentar un memorial y otros documentos (más gastos y más trámites) para solicitar el cálculo “manual”. Si el pobre aspirante a jubilarse no falleció antes o si no mató a alguien de bronca o se suicidó, tal vez tenga la buena fortuna de encontrarse ¡al fin! con su “carpeta de compensaciones” y tras terminar otras etapas de su calvario administrativo, comenzar a cobrar algo que  desde ya no le ha regalado el estado, sino que es el fruto de sus anteriores aportes a lo largo de la vida laboral.

Si es de la generación “sándwich”, aquella intermedia entre la jubilación con el sistema antiguo y la jubilación con el sistema actual de los Administradores de Fondos de Pensiones (AFP´s), todavía tiene que seguir más trámites ante las AFP´s… Llega un momento en que uno desearía haberse ganado la lotería alemana, para así tener ingentes recursos y  no tener que depender de estas iniquidades que Bolivia impone, con su pesadez burocrática, a los pobres e indefensos ciudadanos.

De no querer futuros Picachuris (yo mismo ando tentado de imitarlo aunque sin matar a nadie), el estado debe intentar descentralizar y simplificar las cosas. Con la informática y con la tecnología disponible para entrar en red desde cualquier punto del país, resulta inadmisible  tanta demora por un lado y por el otro, es absurdo tener que hacer todo el trámite desde la sede de gobierno, aunque ese hubiera sido su lugar de trabajo.

Este tema, la solución racional y eficiente al drama de jubilarse, debe ser de prioridad absoluta, junto con escuelas primarias y salud infantil. Si la nación no cuida a las dos puntas de su desarrollo, niñez y tercera edad, casi con seguridad no podrá tener un buen futuro.

 

 

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